


Manifestación en la ciudad cisjordana de Ramalá en repudio al presidente estadunidense Barack Obama.el hombre canoso que usa trajes grises y zapatos cómodos ya sale lentamente de su propia sombra. El monocromático líder de la Autoridad Nacional Palestina, quien escribió un libro de 600 páginas sobre el conflicto de su pueblo con Israel sin mencionar nunca la palabra
ocupación, no debe tener problema alguno esta noche en superar el patético y vergonzoso discurso que pronunció el miércoles Barack Hussein Obama ante la ONU, en el cual puso la política estadunidense para Medio Oriente en manos del gobierno israelí, siempre tan lleno de trucos.
Resulta que el presidente estadunidense, quien durante su campaña clamó por el fin de la ocupación israelí en tierras árabes, el fin del robo del territorio de Cisjordania por medio de lo que entonces llamaba los asentamientos
, y llamó a la formación de un Estado palestino para 2011, tuvo una actuación patética.
Como siempre, la legisladora Hanan Ashrawi, la única voz elocuente de Palestina en Nueva York, acertó en su opinión. No puedo creer lo que escuché
, declaró a Haaretz, uno de los mejores diarios israelíes. (Obama) parecía creer que los palestinos son quienes ocupan Israel. No tuvo una palabra de empatía para los palestinos. Habló sólo de los problemas de los israelíes...
.
Muy cierto, y como siempre, los más cuerdos periodistas israelíes condenaron abiertamente a Obama y se constató una vez más que esos príncipes que son perioidistas estadunidenses, se caracterizan por su cobardía.
El blandengue discurso sin imaginación que el presidente estadunidense Barack Obama pronunció ante Naciones Unidas refleja lo indefenso que está el mandatario estadunidense ante las realidades de Medio Oriente
, escribió Yael Sternhell.
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Nelson Mandela posee, por lo menos en Sudáfrica, el don de la ubicuidad.
Se lo encuentra en canciones infantiles, en avisos publicitarios, en discursos oficiales y conversaciones informales, en boca de policías y pobladores y banqueros; donde uno coloca la mirada o aguza el oído, el rostro y remembranza sonriente de Madiba (el nombre de clan con que todos lo llaman) incita a sus compatriotas a la emulación incesante.
Una resonancia tan categórica es comprensible. Mandela encarna, para los sudafricanos como para el resto del mundo, la derrota del apartheid y la milagrosa transición a la democracia en una tierra que avanzaba inexorablemente hacia una sangrienta guerra civil. Liberado de un cautiverio que duró 27 años despiadados, utilizó su aureola legendaria como el preso político más famoso del planeta para extender una mano de amistad y reconciliación a sus carceleros en vez de predicar la venganza. El prestigio de Mandela se acrecentó aún más cuando, siendo el primer presidente elegido libremente en la historia de su país, rehusó perpetuarse en el poder como es habitual para mandatarios en ese continente.
Yo también he participado en esta idolatría. Yo también lo considero uno de los pocos gigantes morales de que disponemos en nuestra época avara y mezquina.
A pesar de esta admiración, cuando visité Sudáfrica por primera vez en 1997 me inquietó que Mandela fuera la única figura simbólica en torno a la cual podían comulgar todos los sectores, ricos y pobres, gente de derecha y de izquierda, blancos y negros y un arcoíris de otras tonalidades de piel. Retornando este año para dar la conferencia que se dicta en su honor, descubrí que esta reverencia por un héroe de carne y hueso se había convertido en algo aún más exaltado: se lo trata hoy, en el 2010, como si fuera un santo. Aunque es cierto que Mandela fue indispensable para instaurar un gobierno más justo en su país, y cierto también que sigue siendo el pegalotodo que aglutina y hermana las facciones de una nación turbulenta y dividida, consideré que tal culto era peligroso, colocando sobre sus hombros una carga de responsabilidad imposible de sobrellevar e impidiendo a su pueblo discutir seriamente cómo vivir en un mundo donde ya no contaremos con su presencia.
Resulta que nada menos que Mandela mismo comparte mi recelo. En la página final de su nuevo libro, Conversaciones conmigo mismo –sin duda el último que este anciano de 92 años publicará bajo su nombre–, ese viene a ser su mensaje postrero: “Algo que me preocupaba profundamente en la prisión era la falsa imagen que involuntariamente proyectaba al mundo exterior: de que se me viera como un santo”. Y concluye: “Nunca fui nada parecido, aun sobre la base de la definición terráquea de que un santo es un pecador que siempre sigue tratando de superarse”.
Con la esperanza, por lo tanto, de moldear un legado que dentro de poco no podrá defender en persona, Madiba busca contar la historia de su vida desde una perspectiva diferente de la que conocíamos en sus consagradas memorias, Largo camino a la libertad, publicadas en 1994. Para que sus lectores tuvieran la oportunidad de encontrarse con un Mandela abierto y asequible, autorizó a un equipo de investigadores a cosechar del mar casi infinito de su archivo un autorretrato más frágil y profano.
No me sorprende que tal misión tardara seis años en realizarse. Pude inspeccionar en Johannesburgo esos materiales masivos que contienen los residuos de la vida de Mandela durante mi reciente visita a la fundación que lleva su nombre. Para penetrar en ese santuario, uno debe primero descender una amplia escalera en espiral hasta un piso subterráneo, enseguida pasar por una serie de oficinas con grandes ventanales de vidrio y finalmente detenerse ante una puerta de doble llave, detrás de la cual espera una vasta colección de recuerdos: las fotos iniciales de la juventud de Madiba, sus cédulas de identidad y pasaportes verdaderos y fraudulentos, los diarios de vida y calendarios escuetos y los manuscritos clandestinos sacados de contrabando de Robben Island, además de un acopio de notas de todo tipo y tamaño.
Si bien sólo unas gotas destellantes de este caudal pudieron recogerse en Conversaciones conmigo mismo, los lectores tenemos la sensación íntima de estar recorriendo ese archivo, saboreando sus prohibidas delicias, escuchando en forma casi indiscreta los pensamientos y emociones más latentes de Mandela, a sólo unos pasos y redobles de su mero corazón, especialmente cuando se nos permite asomarnos a las transcripciones de conversaciones que sostuvo con sus más cercanos colaboradores. Ahí llegamos a congeniar con un ícono que se ríe, que vacila y carraspea, que adora los chismes, que acepta sus equivocaciones o insiste en que tiene razón; corremos el velo sobre un hombre que lamenta haberse olvidado de un viejo amigo, que sugiere que le gustaría averiguar el paradero de un guardia que alguna vez se portó bien con los presos.
Todavía más reveladores son los extractos de la correspondencia que se salvó de las décadas en Robben Island, escrita con una dignidad feroz y conmovedora. Es casi como si, en sus horas más oscuras, aun cuando no había esperanza de que se lo liberara, aun el día en que recibió la noticia de la muerte de su hijo o el funeral de su madre, aun cuando borroneaba palabras que sabía nunca llegarían a su destino, aun en esos momentos, especialmente en esos momentos, estaba imaginando un mañana donde cada una de sus expresiones tendría un significado ulterior, cada una meticulosamente examinada, no por cancerberos, sino por una multitud de habitantes de su patria y del mundo entero.
Hay un aspecto aún más notable de estas cartas desde el presidio. Mientras las hojeamos, podemos adivinar de qué modo astuto Mandela tomó en cuenta la vigilancia de los censores que escudriñaron y obstruyeron su correo. También les está escribiendo subrepticiamente a ellos: casi se puede discernir su certeza de que él es capaz de turbar a esos guardianes con palabras que evidencian la crueldad absurda con que tratan a los reclusos, la confianza de que esos centinelas pueden ser educados. Aunque, de hecho, también se está educando a sí mismo, preparándose para la tarea de sobrepasar el abismo racial y la división de clases sociales que amenazaba con destruir a Sudáfrica.
Tal vez por eso encuentra tan alienante y desacertado que se lo considere un santo. No fue debido a su separación de sus semejantes, su lejanía de la maldad, su distancia de los desalientos de una humanidad vulnerable, que pudo prevalecer. Por el contrario, fue zambulléndose en lo que era negativo en su propio interior y en el doliente mundo que lo rodeaba, fue así que pudo transformarse en el hombre que terminó siendo Nelson Mandela. ¿Cómo llevar a cabo esta hazaña? Hay una palabra suya que retorna una y otra vez: integridad. Su propia integridad y su convicción de que esa entereza existe en todos los seres humanos, por mucho que esté escondida bajo una costra de miedo e intolerancia. La fe de Mandela de que si se apela a los mejores instintos de hombres y mujeres, ellos sabrán, en definitiva, responder. Pero sólo lo podrán hacer si comprenden que quien les exige una mejor humanidad compartida no ha traicionado los valores más generosos de la especie, el deseo de un mundo más justo y compasivo; sólo es posible esta transformación si quien hace la apelación ha trazado una línea ética inquebrantable en las arenas movedizas de la historia.
Es un mensaje que la patria de Mandela necesita volver a escuchar. Su prodigiosa Sudáfrica se encuentra de nuevo en peligro, desorientada, casi sin rumbo. Su tierra que dentro de poco tendrá que enfrentar un largo siglo de lucha renovada por la solidaridad y la paz y la verdad sin la mano conductora de Madiba.
Porque Nelson Mandela se está despidiendo.
¿Y cómo, entonces, responderle? ¿Cómo honrar su legado, su sabiduría, su magnanimidad?
Sólo puedo responder con las palabras que le brindé al final de nuestra conversación de una hora hace unos meses en Johannesburgo. Décadas de una vida plena y dura y múltiple lo han extenuado, pero conserva intacta una cierta –no hay otra palabra– majestad, y me alegró notar de vez en cuando un brillo travieso en sus ojos. Yo estaba consciente de que la precariedad de su salud podría disuadirlo de atender la conferencia que me tocaba pronunciar unos días más tarde, y que probablemente esta era la última oportunidad de la que dispondría para agradecerle lo que había realizado, el ejemplo de su vida. De manera que cuando él me dijo adiós, aproveché para pedirle que no hiciera ningún esfuerzo desmedido para asistir a mi presentación, agregando, tal vez con excesiva solemnidad, que era importante que descansara.
–Durante tantos años –le dije– es usted el que nos ha llevado a cuestas. A su país, al mundo entero, a mí. Ahora nos toca a nosotros.
Y fue entonces que, sin soltarme la mano, Nelson Mandela me brindó una sonrisa.
He ahí una posible respuesta. Si sabemos llevar a Mandela con nosotros hacia el futuro, tendremos la bendición de su sonrisa. ¿O acaso hay algo más que podamos pedirle a este hombre que, afortunadamente para él y para el mundo, no es, después de todo, un santo? l
* La última novela de Ariel Dorfman es Americanos: Los pasos de Murieta.
El presidente de Israel, Shimon Peres, quien según documentos desclasificados, en 1975 –cuando era ministro de defensa– firmó un acuerdo militar con el régimen del apartheid de Sudáfrica para venderle armas nucleares. La imagen, durante una ceremonia realizada ayer en Jerusalén en memoria de los veteranos de la Segunda Guerra Mundial, en el 65 aniversario de la victoria de los aliados en EuropaFoto Ap.
Antecedentes: hace un cuarto de siglo, uno de los seres más humanitarios del mundo, Mordechai Vanunu –anterior técnico nuclear israelí y admirable pacifista–, reveló al Sunday Times (5/10/86) la construcción de bombas nucleares por Israel en la planta de Dimona. Atrapado por el espionaje israelí del Mossad y luego encarcelado en forma inmisericorde, el samaritano Vanunu es tratado como “palestino” por las autoridades israelíes.
Dieter Gerhardt, anterior comandante naval de Sudáfrica, encarcelado en 1983 por espionaje en favor de la URSS, al salir liberado en 1992, al colapso del régimen apartheid (la discriminación de la minoría blanca contra la mayoría negra), exhumó la existencia de un acuerdo (bajo el código Chalet) en el que Israel se disponía a vender a Sudáfrica ocho misiles Jericó dotados de armas nucleares. Gerhardt develó al Johannesburg City Press (20/2/94) la “misteriosa” prueba nuclear conjunta de Israel y el régimen del apartheid el 22/9/79 (confirmado por The National Security Archive: diciembre 79 y 25/8/08).
Según la televisora CBS, en 1990 Israel y Sudáfrica (todavía bajo el régimen del Apartheid) realizaron una prueba nuclear conjunta en el océano Índico. El célebre investigador israelí-estadunidense Seymour Hersh reveló en su clásico libro La opción Sansón la forma en que Shimon Peres, belicoso padre de la bomba atómica israelí –por cierto, Premio Nobel de la Paz–, adquirió en forma clandestina los materiales de Francia para iniciar la construcción de centenas de artefactos atómicos.
La Federación de Científicos Estadunidenses (FAS, por sus siglas en inglés) –cuyos científicos provienen del Proyecto Manhattan, que construyó la bomba atómica de Estados Unidos y cuyas tareas son avaladas por 84 “Premios Nobel” en química, economía, medicina y física– calcula un máximo de 400 bombas nucleares clandestinas en manos de Israel, que rehúsa firmar el Tratado de No Proliferación (TNP), y no es vigilado por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) sobre las encubiertas actividades militares en el reactor Dimona.
El necrófilo canciller israelí Avigdor Lieberman, segundo de a bordo del gabinete Netanyahu, en el paroxismo del infanticidio de palestinos en Gaza, abogó lanzar bombas nucleares como “solución final”, al estilo de EU en Hiroshima y Nagasaki (Bruce Katz; Atlantic Free Press; 21/5/09). ¿Cómo se pueden lanzar bombas nucleares que supuestamente no se poseen?
Hechos: el periódico británico The Guardian (Chris McGreal, 23/5/10) publicó en exclusiva los documentos desclasificados que exhiben la incontrovertible primera evidencia “oficial” (sic) de la posesión israelí de armas nucleares. La histórica revelación va acompañada de una serie de anexos demoledores: “los memorandos y las minutas que confirman el almacenamiento y la capacidad nuclear israelíes y la política de ambigüedad estratégica”, etcétera.
El acuerdo militar secreto fue firmado en 1975 por los ministros de defensa respectivos de Sudáfrica e Israel: P.W. Botha y Shimon Peres (hoy controvertido presidente de Israel).
Que hace 35 años Israel haya ofrecido vender armas nucleares a Sudáfrica en la etapa aciaga del apartheid descubre un proyecto clandestino nuclear iniciado mucho tiempo atrás, quizá alrededor de los 70, que ha contado con el encubrimiento de EU y los aliados europeos del “Estado hebreo”, a quien desde 1948 le festejan todas sus felonías regionales, en detrimento de la legalidad internacional.
El belicoso octagenario Shimon Peres –insistimos, Premio Nobel de la Paz (¡para lo que sirven!)– ofreció dotar al régimen del Apartheid de arsenales de “tres tamaños”: convencionales, químicos y nucleares. La estrecha colaboración incluyó el suministro de “uranio amarillo” en bruto del gobierno sudafricano para la construcción de armas nucleares de Israel. Los documentos secretos fueron desclasificados por Sasha Polakow-Suransky, académico de EU –por cierto, editor principal de la influyente revista Foreign Affairs, y quien obtuvo un doctorado en historia moderna, por la Universidad de Oxford.
Polakow-Suransky solicitó al presente gobierno de Sudáfrica (Congreso Nacional Africano), liberado del yugo del Apartheid, la desclasificación de documentos oficiales que sirvieron de base para su libro La alianza impronunciable: la secreta alianza de Israel con el apartheid de Sudáfrica (ed. Pantheon, 2010), de reciente aparición.
Mediante su notable excavación arqueológica, Polakow-Suransky tritura toda la hipocresía de los gobiernos israelíes sobre la posesión de armas atómicas cuando exigen desvergonzadamente el desmantelamiento ajeno (v.gr. el programa nuclear todavía civil de Irán, firmante del TNP y motivo de incómodas inspecciones de la AIEA).
En Israel intentan diluir su flagrante hipocresía con el eufemismo oficial de “ambigüedad”: es decir, ni niegan ni confirman la posesión de entre 200 y 600 bombas atómicas, como si la materia nuclear, el punto más sensible de la actividad humana, fuera un asunto privado de alucinantes canonjías paleobíblicas.
Según Chris McGreal, el gobierno israelí intentó impedir la desclasificación de los comprometedores documentos secretos, cuyas “revelaciones serán embarazosas”, particularmente cuando la revisión quinquenal del TNP en Nueva York aborde la “zona libre de armas nucleares en Medio Oriente”, propuesta por Egipto y los países árabes.
A juicio de McGreal, las revelaciones “socavan los intentos de Israel de sugerir que, en caso de poseer bombas nucleares, es en su calidad de potencia responsable, que no usará indebidamente, mientras países como Irán no pueden ser confiables”. Sin todavía arrojar sus armas atómicas sobre las poblaciones de la región, con su simple fuerza convencional de enorme letalidad, Israel ha ejercido en los pasados 62 años las mayores devastaciones bélicas que haya conocido Medio Oriente en toda su historia.
Algo habrá pasado en el trayecto –Polakow-Suransky da a entender que por motivos de “costos”– para que, en lugar de vender las armas nucleares a Sudáfrica, Israel haya colaborado en la construcción de las seis bombas atómicas del régimen del Apartheid, que luego el gobierno de mayoría negra eliminó voluntariamente, sin que nadie se los agradezca en el mundo. Éste constituye un clásico ejemplo cuando cierto tipo de negros se comporta mejor que cierto estereotipo de blancos.
Conclusión: Simon Tisdall plantea en The Guardian las consecuencias: “Ahora el velo roto ha sido puesto de lado. La prueba de que Israel es un Estado nuclear, sin ninguna duda, significa el fin a los asentimientos, guiños y ojos ciegos. Confirma que Israel es la primera potencia armada del Medio Oriente y desafía a todos (sic) los países de la región, incluyendo a Irán, a enfrentar en forma separada o conjunta la amenaza que deriva en el hoy innegable desequilibrio militar”.
¿Ahora quién, que no sea un hipócrita global, se atreve a pedir cuentas a Irán, quien aún no posee bombas nucleares?
¿Cómo enfrentar la amenaza clandestina de las armas nucleares de Israel?