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martes, mayo 26, 2009

El desastre económico de México

ÁLVARO DELGADO

MÉXICO, D,F., 25 de mayo (apro).- Ni los más burdos montajes del gobierno de Felipe Calderón, como la manipulación de las instituciones para desprestigiar a los adversarios y encubrir a los cómplices del narcotráfico --como el gobernador panista Marco Antonio Adame--, pueden ya ocultar lo obvio: La magnitud del desastre económico que México padece y que, lenta pero sostenidamente, carcome al patrimonio de lo que queda de la clase media y arroja a la miseria a millones de compatriotas.

Ante la contundencia de las cifras, las oficiales, lo único que le queda a Calderón y a los ineptos que encabeza es el ocultamiento y el maquillaje de la televisión --a cambio, claro, de canalizarle multimillonarios contratos de recursos públicos--, porque ni sus habituales amanuenses pueden ya ocultar la magnitud de la crisis, que no sólo viene de fuera --como han querido hacerlo creer--, sino que se explica también por las complicidades de la alta burocracia.
La incompetencia de la facción que encabeza Calderón no ha sido repentina: No hay que olvidar que, apenas asaltó la Presidencia de la República --mediante la adulteración de la voluntad popular que sólo los ciegos y los cómplices soslayan, aunque los priistas comienzan a contar retazos de esa historia--, se disparó el precio de la tortilla hasta en 50% y a partir de entonces han venido subiendo de manera permanente productos de primera necesidad, incluidas las gasolinas y el diesel. El ataque al poder de compra de los mexicanos ha sido incesante. El mito de la estabilidad económica del PAN --como lo fue el mito de la estabilidad política priista-- se ha ido al barranco.
Por ello, Calderón y sus patrocinadores evitan, a toda costa, que la desastrosa situación económica del país se incorpore a la agenda de discusión en esta campaña electoral. Como se hizo con la manipulación de la influenza, el miedo sigue siendo el recurso propagandístico y ha sido retomado como parte de la "guerra" simulada contra el narcotráfico.
El gobierno y su partido, el PAN, han recurrido a cualquier cosa, menos que se sepa y se discuta la gravedad de la crisis actual que, según las propias cifras oficiales, es de la dimensión del colapso económico derivado del "error de diciembre" de 1994, que dio lugar al rescate bancario que, gracias a un pacto entre Ernesto Zedillo y el propio Calderón, ha costado al país más de 800 mil millones de pesos sólo en intereses de la deuda que permanece en una cifra semejante.
El propio José Angel Gurría, exsecretario de Hacienda y secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), lo dice con claridad: "En 2009 hemos perdido lo que habíamos ganado en muchos años, así que esto no es un ciclo, esto es un desastre. Ésta no es una evolución, esto es una demolición."
Las cifras difundidas el miércoles 20 de mayo por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) son rotundas: La economía nacional, medida a través del Producto Interno Bruto (PIB), registró en el primer trimestre del año una caída de -8.2% respecto de igual periodo de 2008, la más pronunciada de los últimos 14 años.
El desplome sólo es superado por la caída de -9.2% que se registró en el segundo trimestre de 1995, cuando la economía se convulsionaba por la devaluación de ese año. El dato definitivo sobre la magnitud de la contracción del PIB llevó al propio secretario de Hacienda, Agustín Carstens, a corregir su anterior estimación para el desempeño económico de este año. Unos días antes, señalaba que en 2009 la economía caería -4.1%, ya incluido el efecto de la contingencia sanitaria por la epidemia de influenza. Pero ahora su estimación es que la caída podría ser de hasta -5.5%.
La nueva estimación es, inclusive, más pesimista que la del Banco de México, que en su más reciente pronóstico estimó hasta en -4.8% la caída del PIB.
Lo que tanto quería ocultar, la recesión, está ya más que evidente: pues a la caída de -1.6% del último trimestre de 2008 se suma la de -8.2% del primer trimestre de este año, con lo cual tras dos trimestres de decrecimiento consecutivo se confirma la fase recesiva de la economía. Según el INEGI, la fuerte caída del PIB en el trimestre se debió al pésimo comportamiento de las actividades secundarias y las terciarias. Las primeras, que conforman la actividad industrial, se contrajeron -9.9%, mientras que las segundas, es decir el comercio y los servicios, lo hicieron -7.8%.
Al interior de las actividades industriales, las industrias manufactureras se contrajeron -13.8%; la construcción, -7.7%; la electricidad, agua y suministro de gas, -3%, y la minería, -1.1%.
Dentro de las actividades terciarias, el comercio sufrió un desplome de -17.2%, producto de las menores ventas internas y externas; los servicios inmobiliarios y de alquiler de bienes muebles e intangibles cayeron -10.6%; los servicios de transporte, -10.3%; los servicios de alojamiento temporal y de preparación de alimentos y bebidas, -7.8%; los servicios financieros, -4.3%; y los servicios profesionales, científicos y técnicos, -3.4%.
Dentro de los grandes agregados del PIB, sólo las actividades agropecuarias registraron un aumento, que fue de 1.4%, debido a un mejor desempeño de la agricultura y la ganadería.Así, según el INEGI, en el primer trimestre del año, el PIB per cápita se colocó en 7 mil 255 dólares, un desplome de 28% respecto a los 10 mil 79 dólares del año previo, caída no observada desde 1995.Con tales números, ni los más tenaces defensores de Calderón pueden emitir una opinión juiciosa, menos aún en materia de empleo: En los más recientes tres meses, más de 500 mil mexicanos se han quedado sin trabajo.
La tasa de desempleo alcanzó, en los primeros tres meses del año, a 5.1% de la Población Económicamente Activa (PEA), equivalente a más de un millón y medio de personas, superando el registró del año pasado, de 3.9% en el mismo periodo.
Eso es lo que Calderón y el PAN, con la ayuda de sus amigos perredistas que encabeza Jesús Ortega, no quieren que se sepa ni se discuta.
Apuntes
No sorprende la conducta ilegal, mentirosa y cínica de Demetrio Sodi, candidato del PAN a delegado de Miguel Hidalgo, en la capital del país. Miente en todo. Miente hasta en el equipo que es su favorito: En vísperas del inicio de las campañas, apareció en casi todo el programa "Sólo futbol", que se transmite en el canal 4 del Distrito Federal, dijo que le va a las Chivas y en la entrevista de un minuto y 19 segundos que un locutor de Televisa le hizo, en medio del partido Pumas-Puebla, aseguró que es el representativo de la UNAM. Lo de menos es el estigma de chaquetero que tiene Sodi. Lo verdaderamente relevante es la conducta ilegal de él, del PAN y de Televisa, que obviamente obtuvo pago –de muchos millones, en dinero o en concesiones-- para promoverlo. Mintió, también, en su campaña a jefe de gobierno, en 2006, cuando rebasó con mucho el gasto autorizado, particularmente en sus spots en Televisa. Apenas al inicio de esta campaña dijo que le habían sido robados votos y también mintió, porque jamás los defendió, salvo que sea un cobarde. Por ello, como clama Televisa en sus hipócritas campañas, al que roba hay que llamarlo ladrón y al que transa, como Sodi, corrupto… Jesusa Cervantes, compañera periodista de la revista Proceso, ha dado forma a un libro, Los hijos de Marta, que tiene que ver con el comportamiento delincuencial de miembros y allegados del PAN. Este trabajo, de rigurosa factura periodística, como el de Daniel Lizárraga, La corrupción azul, también compañero de la revista, deben ser leídos…

viernes, mayo 22, 2009

Historias de Fox y Marta... censuradas

En su libro La corrupción azul, editado por Random House Mondadori, Daniel Lizárraga, reportero de Proceso, cuenta cómo su investigación sobre el fideicomiso privado de Vicente Fox fue censurada por órdenes de la presidencia de la república y cómo, por la misma razón, el trabajo reporteril de dos de sus compañeras, que exhibía las corruptelas de Fox y Marta, no fue publicado. A continuación un extracto del capítulo Historias censuradas, tomado del libro de Lizárraga que ya se encuentra en circulación.

Todo comenzó con una llamada, el teléfono sonó tres ocasiones sobre el escritorio hasta que tomé el auricular. Al otro lado de la línea estaba mi jefe.
—¿Puedes venir un momento?
—preguntó.
Antes de que pudiera pensar en otra cosa o decir sí, ya había colgado. Cuando caminaba rumbo a su oficina pensando cómo poner el punto final a la investigación que veníamos desarrollan­do desde hacía ocho meses, lo encontré parado junto al elevador con las manos en los bolsillos, el cabello alborotado.
—Vamos a platicar afuera —dijo.
Usualmente nos apresuraba de otra manera, no en la calle. Algo no andaba bien.
A Ignacio Rodríguez Reyna lo había conocido en la redac­ción de Reforma. Él formaba parte del equipo de investigación que logró posicionar en poco tiempo a este diario, luego dirigió El Universal algunos meses y ahora era el director de La Revis­ta, un semanario encartado en este último diario en el cual un grupo de reporteros trataba de contar historias, rompiendo con el acartonamiento del periodismo mexicano. El semanario había cumplido dos años y, aunque estaba en números rojos, el equipo seguía trabajando, entusiasmado también por las puertas que iban abriendo mediante la Ley Federal de Transparencia.
—Me hablaron de la dirección del periódico, no quieren que salga tu texto —me soltó como una ráfaga, tratando de sostener­me la mirada.
—¿Qué pasó? —le pregunté aún azorado.
—No se puede tocar a Fox ni a Marta, al menos por el mo­mento, ésa fue la instrucción —reviró. Parecía como si la ­espalda se le hubiera estrechado y algo por dentro lo carcomiera.
—¿Quién te habló? —insistí aún sin poder creer lo que escu­chaba.
—Nacho Ayala, el particular del director —respondió.
El proyecto hacía agua. Hacía un par de horas, en esa tarde del 28 de julio de 2005, que el teléfono instalado sobre el escritorio de Nacho también repi­queteó al entrar una llamada de Ignacio Ayala, el secretario par­ticular del dueño de El Universal, Juan Francisco Ealy Ortiz.
—Oye, te recuerdo que hay una instrucción de actuar con toda responsabilidad en lo que pretendes publicar esta semana —le advirtió.
—Sí, efectivamente, lo estamos haciendo con toda responsa­bilidad. Por eso estamos buscando una versión de la Presidencia. El director ya está enterado de esto —contestó Nacho.
—Pues yo no sé… pero ese trabajo no se publica…
—¿Es una instrucción tuya o de la dirección del periódico?
—Ya te dije… ese trabajo no se publica…
—Quiero hablar con el director…
—No está disponible.
Ayala colgó. Nacho se quedó pensando qué hacer, hundido en su silla tratando de digerir lo que estaba pasando por segunda ocasión consecutiva. Hacía menos de un mes que Ealy le solicitó no difundir otra investigación, ésta elaborada por Rodolfo Mon­tes sobre la entrega de permisos para casinos y juegos de azar a nombre de Olegario Vázquez Raña, uno de los empresarios más cercanos a la pareja presidencial.
Esa vez, Ealy le pidió a Nacho un favor especial: Olegario era su amigo, no podía hacer la vileza de publicar algo así, sobre todo cuando hace unos días le había organizado una fiesta de cum­pleaños con más de 70 invitados.
A Nacho le vino esta historia a la cabeza. Cuando lo de Ole­gario, junto con el subdirector de La Revista, Pascal Beltrán del Río, acordaron aguantar. Si se trataba de su amigo, quizás era comprensible. Ambos sabían cómo era el dueño de El Universal y el proyecto valía la pena.
Los reporteros también soportaron el peso de una decisión así. Y, aunque los datos fueron filtrados a La Jornada, no hubo represalias.
Julio Scherer García, fundador de Proceso, maestro para gene­raciones de periodistas surgidos de las universidades, quien pade­ció la embestida del ex presidente Luis Echeverría en su contra cuando era director de Excélsior, piensa que la única autocensura posible es cuando está de por medio la familia. Alguna vez, platicando con Gabriel García Márquez, me dijo: nada contra la sangre, Julio; si lo haces te pudres. Pero cuando se trata de amistades es otra cosa. Como el amor, la amistad es libre. Cuando condicionas, tu amistad se fractura. Si como Ealy antepones la amis­tad a un reportaje, vas a estropearlo todo; tu amistad y tu trabajo.
Una semana antes de que recibiera la punzante llamada para detener la portada de La Revista, Nacho había tenido una reunión con Ealy para explicarle que publicaríamos un reportaje sobre los gastos de Fox como presidente electo.
No se trataba de alguna filtración —le explicó entonces—, en la redacción se contaba con los documentos oficiales obteni­dos de Hacienda mediante la Ley Federal de Transparencia. No había duda de su autenticidad. Ahí residía la solidez de la inves­tigación.
Nacho le detalló que, por lo mismo, era un asunto delicado por la forma en que el gobierno de Zedillo le había, literalmen­te, regalado dinero a Fox. Por eso hablaría con el vocero de Los Pinos, Rubén Aguilar, para que explicaran lo que ellos creyeran conveniente.
El director no se opuso: "Hágalo usted con cuidado", le res­pondió. Nacho había sido director interino del diario durante ocho meses, antes de lanzar el proyecto de La Revista. Se cono­cían bien. El Universal —el segundo diario más antiguo en la ciudad de México— fue uno de los impulsores de la Ley Federal de Trans­parencia. En su salón Palaviccini, el que reservan siempre para los actos importantes, se reunía frecuentemente un grupo de acadé­micos, investigadores y periodistas conformado por Jorge Islas, ex abogado general de la unam; Juan Francisco Escobedo, otrora director de la maestría de comunicación en la Universidad Ibero­americana; Salvador Nava, profesor en la Universidad Anáhuac y ahora magistrado electoral; Ernesto Villanueva, especialista sobre transparencia con experiencia internacional; Genaro Villamil, periodista especializado en medios de comunicación enviado por La Jornada; Miguel Treviño, directivo del Grupo Reforma, y Luis Javier Solana, quien era el hombre designado por el anfitrión.
Ahí, en el segundo piso del edificio ubicado sobre avenida Bucareli número 8, discutieron la forma en que presentarían una propuesta de ley buscando que se aprobara, pronto, en la Cáma­ra de Diputados. México, por vez primera en su historia, se per­filaba para contar con un sistema que obligaría a los funcionarios a rendir cuentas y, desde luego, El Universal podría reclamar la paternidad en cualquier foro, como siempre lo hizo.
Nacho creyó que Ealy había comprendido la importancia de que el periódico publicara este tipo de investigaciones de largo aliento como lo hacen otros diarios del mundo en cuyos países las leyes de acceso a la información datan de hace décadas. En Estados Unidos su Freedom Information Act —la foia, como se le conoce popularmente— se creó desde 1963.
El director de La Revista salió tranquilo de la oficina de Ealy, pensando que sólo faltaba buscar al vocero presidencial, Rubén Aguilar, aunque difícilmente podrían decir algo que derrumba­ra la investigación sin enredarse en sus propios hilos, como ya lo habían hecho al tratar de ocultar los gastos.
Como siempre lo hacía, Nacho caminó de Bucareli 8 hasta el vetusto edifico localizado en la esquina que forman la avenida Juárez y la misma Bucareli. En el tercer piso estaba la redacción de La Revista; el inmueble siempre estaba sitiado por un tráfi­co atroz, camiones hediondos cargados de cerdos que pasaban a cualquier hora del día atravesando el corazón del primer cuadro de la ciudad, una joven indigente permanentemente alcoholizada tumbada a la entrada y una amable señora vendedora de Lotería.
Con los zapatos cubiertos de una fina capa de polvo ya estába­mos atrapados por obras de reconstrucción en el Centro Histórico; Nacho entró a su oficina y tomó el auricular para comunicarse con el vocero de Los Pinos, Rubén Aguilar. Le pidió una entre­vista con alguien cercano al presidente o quizá una versión por escrito, como ellos lo prefirieran. Estaban en su derecho.
Rubén Aguilar escuchó decir al director de La Revista que teníamos copias de los depósitos hechos a una cuenta privada del presidente y un archivo amplio sobre quiénes y cómo habrían cobrado un sueldo ante Hacienda violando reglamentos internos del gobierno.
El encargado de manejar la comunicación en Los Pinos, un ex militante de la izquierda en la década de los setenta que se había convertido en personaje público a fuerza de conferencias de prensa diarias y parodiado en televisión por traducir "lo que el presidente había querido decir", respondió que, sobre el tema de la transición, no tenía información, así que platicaría del asun­to con Ramón Muñoz, jefe de la Oficina de Innovación Guber­namental.
Por ese entonces, en junio de 2005, Manuel Bribiesca Saha­gún, el hijo mayor de Marta Sahagún, ya había demandado a la periodista Olga Wornat y a la editorial Random House Monda­dori por daño moral. En el libro Crónicas malditas se describió su presunta riqueza inexplicable amasada mediante un abierto trá­fico de influencias. Según esta investigación, los muchachos se habrían hecho millonarios en dos años mediante jugosos contra­tos para obras públicas. La primera dama también había deman­dado a Proceso.
Pasó una semana y Rubén Aguilar no respondió. Nacho dio instrucciones: se prepararía un párrafo especificando que en la Presidencia no se aceptó una entrevista y que habíamos esperado una versión oficial hasta el momento de cerrar la edición. Mien­tras tanto, el subdirector Pascal Beltrán haría contacto de nuevo con Rubén Aguilar para saber qué estaba pasando.
Marcela Rivas, directora de diseño, mostraba a Nacho tres proyectos de portada, como siempre lo hacía. Entre ella, Pas­cal, Óscar Camacho —jefe de información— y Hugo Martínez —coordinador de edición— seleccionaron una en la cual el ros­tro de Vicente Fox estaba dentro de un billete. Uno de los boce­tos tenía los mismos colores que un billete de 100 pesos —una mezcla de colores ladrillo y blanco—. Nacho dijo que no, que eso podría traer problemas legales. No quería dar un solo moti­vo de queja dentro del periódico. La frase: "El fideicomiso pri­vado de Vicente Fox". Dejó el encabezado y pidió que se pusiera de fondo un color verde, similar al de los dólares.
Junto con éste, en esta investigación se publicaría un resu­men de uno de los capítulos del libro La familia presidencial bajo sospecha de corrupción. Las autoras, Anabel Hernández —reporte­ra de La Revista— y Arelí Quintero —quien entonces trabajaba para Diario Monitor—, expusieron ahí el resultado de una inves­tigación sobre la repentina forma en que Fox y Marta habían transformado el rancho La Estancia, en San Francisco del Rin­cón, Guanajuato, en un paradisiaco sitio para su retiro. Todo estaba casi listo.
En la primera investigación se dejaba abierta la pregunta: "¿Qué le hicieron al dinero depositado en el fideicomiso privado de Vicente Fox?", ya que Hacienda se había negado rotundamen­te a entregar esos archivos. En el capítulo del libro se dejó al aire la incógnita sobre cómo los Fox habrían financiado la remode­lación de un rancho que medía la mitad de las hectáreas con las que cuenta el Bosque de Chapultepec.
Cuando Pascal Beltrán hizo contacto con el vocero de Los Pinos, la caravana presidencial se hallaba de gira por Tlaxcala. Por teléfono, el subdirector preguntó si habría versión oficial. Rubén Aguilar dijo que aún no sabía y que, en cuanto hubiera algo, se comunicaría a La Revista.
Nunca llamó.
Faltaba un año para la elección presidencial. Vicente Fox y Marta Sahagún tenían como prioridad en ese momento sacar avante la precampaña del secretario de Gobernación, Santia­go Creel, y detener al perredista Andrés Manuel López Obra­dor. "¡Nunca más gobiernos deshonestos, nunca más gobiernos corruptos!", arengó él desde una templete. "No van a llegar, no van a llegar", respondió Marta ante la súplica de una mujer que le solicitaba impedir que llegaran al poder los mismos de siempre.
La división del trabajo se cumplía una vez más en esa gira. Mientras ella se comprometía a enviar computadoras la semana próxima o a tramitar una ambulancia para Apizaco, Fox utiliza­ba una grabadora de bolsillo para no olvidar al proyecto carrete­ro Tlaxcala-Calpulalpan-Apizaco, y hacerlo de cuatro carriles, con un costo de 790 millones de pesos.
Nacho Rodríguez Reyna cree que Rubén Aguilar pudo comunicarse con el director de El Universal, Roberto Rock, o directamente con Ealy Ortiz, para impedir que la investigación se publicara. "Por supuesto que Nacho Ayala no habló a nom­bre propio, ni pudo ser una ocurrencia", concluye desde su nue­vo trabajo como director de la revista Emeequis.
Pero el ex vocero de Los Pinos, quien ahora forma parte de un despacho privado de asesoría en materia de comunicación, ase­gura que no hizo semejante cosa. El jefe del staff, Ramón Muñoz, nunca consideró dar una respuesta a La Revista.
—Y entonces, ¿cómo atendías las peticiones de entrevistas? —le pregunté en una charla dentro de su despacho, en el decimo­primer piso de la Torre Diamante, al sur de la ciudad de México.
—Pues dependía de cada caso, del tema.
—¿Y por qué no hablarlo directo con Fox? —insistí.
—Creí que en el tema de la transición gubernamental debía canalizar la petición de ustedes por medio de Ramón Muñoz. Eso no lo hablé directamente con Fox —atajó.
La llamada de Ignacio Ayala fue como un hachazo invisible.
"Qué se podría decir luego del golpe, cómo resumir el dolor y la rabia. Cómo levantar la voz, cómo decir que nada había pasado cuando en los rostros, salvo excepciones, no había más que silencio. El golpe había sido de muerte", escribió en una libreta de apuntes Jacinto R. Munguía, uno de los reporteros en México más adentra­dos en la documentación del pasado y un especialista en escudriñar los secretos enterrados en el Archivo General de la Nación (agn).Nacho seguía desconcertado. No sabía en ese momento qué hacer: dejar la portada como estaba, con el rostro de Fox, y permitir que la dirección del periódico hiciera los cambios, o tomar la inicia­tiva y desde la redacción ejecutar los movimientos. Llamó a una junta urgente a Pascal Beltrán y al asesor Luis Javier Solana, el mismo que había sido artífice de la Ley de Transparencia y hom­bre cercano a Ealy.
En esa junta decidieron que los cambios se hicieran desde la redacción. Un reportaje de cultura que originalmente iba en pági­nas interiores saltó a la portada. El texto del fideicomiso privado de Fox, junto con el resumen del libro, desaparecieron.

domingo, abril 19, 2009

La corrupción azul


En una suerte de ritual de traspaso de potestades para ejercer la opacidad, y muy probablemente la corrupción, el último de los mandatarios del PRI, Ernesto Zedillo, donó al primer presidente panista, Vicente Fox, más de 24 millones de pesos en un fideicomiso privado, fondos cuyo destino se desconoce hasta ahora. En una replica casi de espejo, Felipe Calderón tuvo a su disposición 130 millones de pesos, que gastó en banquetes, edecanes, estudios de imagen… Estos hechos son exhibidos en La corrupción azul, trabajo de investigación con el cual su autor, Daniel Lizárraga, reportero de Proceso, ganó el Premio Debate organizado por Random House Mondadori.

Con la autorización de esta casa editorial, reproducimos aquí partes del Capítulo XI del libro, el cual empezará a circular esta semana.El general Jesús Castillo chasqueó la lengua tras sorber una copa recién servida por alguno de los meseros del Oxo Tower Restaurant, uno de los sitios más afamados en Londres cuando se quiere celebrar algo especial. Sin embargo, este militar de rasgos indígenas con un mechón blanco en el negro copete estaba absolutamente solo. Nadie compartió con él la botella de vino tinto que seleccionó entre las más de 300 marcas existentes en ese sitio. La noche de ese sábado 28 de enero de 2007, desde su mesa, a través de un ventanal de 360 grados, pudo deleitarse con una vista inigualable del mítico río Támesis. Este restaurante fue construido en el octavo piso de un edificio que data de finales del siglo XIX, aún en la época victoriana, justo cuando transcurrieron algunas de las historias del detective más famoso del mundo, Sherlock Holmes.Apenas un par de meses atrás —el 30 de noviembre de 2006— Felipe Calderón lo había nombrado jefe del Estado Mayor Presidencial, uno de los puestos más altos que puede alcanzarse dentro de la carrera de las armas en México. El anuncio se hizo ya por la noche de ese día, cuando podían contarse con los dedos de las manos las horas que faltaban para saber si el presidente electo rendiría protesta ante el Congreso de la Unión, superando las amenazas de no dejarlo pasar lanzadas por los legisladores fieles al líder opositor Andrés Manuel López Obrador .Pero la incertidumbre sólo existió en las redacciones de los diarios o en la cabeza de los que exigieron el voto por voto tras las disputadas elecciones. El general de brigada diplomado del Estado Mayor Jesús Castillo no tenía dudas. Durante semanas, a lo largo del período de transición gubernamental, junto con los jefes de inteligencia militar diseñó un operativo quirúrgico que logró meter y sacar a Felipe Calderón de San Lázaro sin que le tocaran un ojal, ni siquiera una uña de la mano derecha en la que luce la sortija matrimonial.Un platillo fuerte para cenar servido dentro del Oxo Tower Restaurant puede costar entre 20 y 30 libras —entre 500 y 700 pesos—. Una botella de champaña va desde las 45 hasta las 300 libras —unos 7 mil pesos—. La capital británica es una de las ciudades más caras del mundo. Jesús Castillo cumplía entonces con su primera gira de trabajo por Europa acompañando a Felipe Calderón.El sueldo de JC —como le llaman sus subalternos— es como una carta sin abrir dentro del sistema de transparencia, ya que los miembros del Estado Mayor no figuran en la nómina de Los Pinos ni tampoco aparecen en la información pública difundida por la Secretaría de la Defensa Nacional. Estos oficiales son como una burbuja dentro de las Fuerzas Armadas. El investigador universitario José Luis Piñeiro los ha definido como "militares de terciopelo".