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miércoles, junio 17, 2009

Operación Peter Pan es ahora usada contra Venezuela

TeleSUR

La operación Peter Pan, usada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos contra la Revolución Cubana en la década de 1960, es ahora utilizada por ese organismo para tratar de perjudicar al Gobierno venezolano.

Así lo sostuvo el abogado cubano-estadounidense, José Pertierra, quien en entrevista concedida a teleSUR señaló que la CIA, junto a otros aparatos de inteligencia de Estados Unidos, acostumbra a reciclar los métodos usados contra algunas naciones y utilizarlos en otras.
Calificó a operación Peter Pan como una trampa de la CIA, a través de la cual se hizo creer a la clase media cubana, principalmente, que perderían la patria potestad de sus hijos, tal como ocurre en Venezuela en la actualidad.
A continuación el texto completo de la entrevista:
¿Podría explicarnos que es la operación, fenómeno del Peter Pan?
La operación Pedro Pan fue una operación que fue dirigida y creada por la agencia de inteligencia de los Estados Unidos, la CIA, en el año de 1960, con el propósito de fomentar en Cuba un temor de que los padres cubanos, especialmente padres de clase media, iban a perder la patria potestad sobre sus hijos con la Revolución Cubana.
Entonces eso fomentó muchísimo temor y el Gobierno estadounidense ayudó a un monseñor que estaba en Miami para traer a los Estados Unidos a 14 mil niños cubanos sin sus padres. Hay un documento desclasificado recientemente que demustra que la ONU le pidió a los Estados Unidos para traer a los niños con sus padres, Estados Unidos no quiso esto, sino era con niños primero.
Los niños llegaron a los Estados Unidos, sus padres los siguieron pero años después. Entonces esos años fueron muy traumáticos para éstos muchachos que se criaron en casa ajenas, ni siquiera con familiares sino con personas visualmente estadounidenses que los cuidaban, los enviaban a las escuelas. Los niños, muchos de ellos, se sintieron abandonados.
Otros piensan que fue una bonita experiencia porque aprendieron inglés, pero yo conozco a muchos amigos y amigas mías que me cuentan que fue el período más traumático de sus vidas y que los ha marcado para siempre.
Pero fue una trampa de la CIA, prácticamente.
¿Qué repercusiones en su opinión tuvo esto en la sociedad cubana, como usted menciona algunas de sus amistades sufrieron mucho por esta operación?
Había información que divulgaron desde Estados Unidos, especialmente en Miami y a través de radio de onda corta, que fomentaba el miedo y fomentaba información falsa, que el Gobierno estadounidense sabía que era falsa, acerca de que el Gobierno cubano le iba a quitar la patria potestad a los padres, algo que curiosamente surge años después con el caso Elián, cuando Elián González, el niño balsero que llegó a Miami en el año 2000, cuando surge ese caso, la derecha de Miami se queja de que si ese niño regresa a Cuba el Gobierno es el que tiene la patria potestad.
Eso muy lejos de la realidad, en Cuba siempre son los padres los que tienen la patria potestad, la Ley no permite otra cosa.
Es el uso, la manipulación de la información para tergiversar la verdad por fines políticos. En este caso, los que sufrieron, los que fueron manipulados fueron los niños y sus padres, con un trauma emocional severo, porque muchos niños pensaron que sus padres los habían abandonado.
Imagínate, un niño de siete, ocho nueve o diez años qué rayos entiende de lo que es patria potestad, de lo que es Ley. Lo que sabe es que sus padres, que eran el centro de su universo, de buenas a primeras, lo montan en un avión y lo mandan a una casa ajena, donde no conoce a la familia que lo va a cuidar.
En algunos casos fueron muy queridos por la familia que los recibió, pero en otros casos no. En otros casos se convirtieron en los sirvientes de la casa, yo conozco a una amiga mía que le pasó precisamente eso, en el estado de Texas, se convirtió en la sirviente de la casa, para atender las necesidades de los americanos que la recibieron y los hijos de los americanos que vivían en esa casa.
Es algo inmoral de parte del Gobierno estadounidense, a través de la CIA, que ocurrió en Cuba a principios de los años de 1960.
¿Cómo quieren relacionar esto que ocurrió en Cuba con el gobierno de Venezuela?
Yo tengo entendido que hay ahora una campaña en Venezuela, promovida por ciertos sectores de oposición, tratando de convencer a los venezolanos, especialmente, igual que en Cuba, a la clase media, de que la nueva Ley de Eduación venezolana le quita la patria potestad a los padres de los niños en Venezuela. Eso es totalmente falso, la Ley de Eduación no tiene absolutamente nada que ver con la patria potestad.
Es una manera en que la CIA, las agencias de inteligencia de Estados Unidos, manipulan los medios para fomentar el terror, el miedo en las personan inocentes que realmente no saben cuál es la verdadera realidad.
Lo curioso de la CIA es que casi siempre utiliza los mismos métodos y los recicla nuevamente en otros países. Esta operación que ellos están montando en Venezuela es la misma que montaron en Cuba a principios de los años de 1960 y está basada en premisas totalmente falsas.
Por errores de percepción, muchas personas creyeron que usted fue parte de esa operación Peter Pan, por favor ¿Nos podría corregir la historia y contarnos los hechos tal y cual son?
No, yo no soy Pedro Pan. Eso fue un error contenido en un artículo de Gabriel García Márquez cuando el caso Elián, hace algunos años. El se equivocó y asumió que yo era Pedro Pan.
Yo llegué a los Estados Unidos de niño, de nueve años, con mi padre, mi madre y mi hermana, porque mi madre salió de Cuba en 1969 huyéndole a la suegra. Porque sabía que la suegra iba a estar con nosotros en Miami, mi madre siguió hasta Los Ángeles, pensando en que eso era lo más lejos de Miami y de Cuba y ahí me crié, pero con mis padres. Yo no fui Pedro Pan.

lunes, mayo 25, 2009

Calderón padece el “síndrome de Peter Pan”

Calderón, uno más del montón

Felipe Calderón, ya en el cargo de presidente de la república, cuya tarea consiste en cumplir las obligaciones que como facultades le asigna la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, se ha convertido en un presidente más del montón.
Esto a pesar de contar con un expediente –hasta antes de convertirse, con deteriorada legitimidad, en inquilino de Los Pinos, y que en un juego de palabras el columnista Julio Hernández definió como Los Vinos, tiempo en que este mismo tecleador escribía el apellido del panista: Calde-rón–, de haberse formado en la oposición derechista desde casi niño al lado de su padre y hasta su autodestape en Guadalajara al cobijo del ahora defenestrado Ramírez Acuña como un hábil político conservador (pero fiestero, dado a las bohemias con sus amigos, para cantar, charlar y beber).
Ha resultado ser un presidente del montón a partir de su difícil y escandalosa toma de posesión, impugnado por las izquierdas tras su pírrica y cuestionada victoria, más que en las urnas, en el Instituto Federal Electoral, el Tribunal Federal Electoral y por el no ejercicio de las facultades de la Suprema Corte para “practicar de oficio la averiguación de algún hecho o hechos que constituyan la violación del voto público” (artículo 97 constitucional). Parece haber llegado a un nivel de incompetencia que unos califican de miedo a gobernar y que, más bien, es no saber hacerlo: cada vez más se mete en callejones sin salida… o sin más salida que la constitucional: renunciar por causa grave (artículo 86).
Calderón no ha querido o no ha podido crecer políticamente para coordinar y dirigir desde uno de los poderes del Estado federal las políticas económicas, sociales y culturales que engloban, según el artículo 89 constitucional, sus facultades y obligaciones. Padece el “síndrome de Peter Pan” que desarrolló Dan Kiley en su análisis del fenómeno: El síndrome de Peter Pan. Los hombres que nunca crecieron.
La teoría nació a partir del celebrado cuento desbordante de fantasía, escrito por el periodista y escritor James M. Barrie: Peter Pan. Calderón busca constantemente evadirse, atrincherado en su papel de jefe nato del Ejército, con su gorra de cinco estrellas (ridiculizado por los caricaturistas) sin decidirse a ir al fondo del problema para resolverlo y sólo llenar las cárceles de narcotraficantes menores (los grandes capos de los cárteles, bien gracias, y hasta de mala leche enlistado en Forbes con 1 mil millones de dólares, el Chapo Guzmán, dejado fugarse al amparo del foxismo).
Se acumulan, pues, los problemas que necesitan de las decisiones presidenciales y hasta quienes promovieron votar por él: banqueros, empresarios, financieros, dueños de medios de comunicación (Televisa y TV Azteca) y comerciantes de los casi monopolios de cadenas de supermercados no han resistido criticarlo duramente, remarcando su incapacidad para gobernar.
Y no se diga desde los sectores ocupados y justamente alarmados por la inseguridad por todo el territorio, al grado que en su cara le espetaron a él y a su grupo en el poder presidencial: “¡Si no pueden, renuncien!” Va ya para tres años y no hay resultados de la gestión presidencial.
Sin crecimiento político, Calderón ni siquiera aspira a ser un pasable jefe de gobierno, para desempeñar una de las dos caras del presidencialismo mexicano (la otra es la de jefe de Estado) y ser un buen coordinador de la administración pública federal con capacidad para, coordinando a presidentes municipales y gobernadores, dar solución a los problemas nacionales.
A la mitad de su mal gobierno sexenal, no da trazos de ir más allá de su retórica (para la que seguido no le alcanza su voz y se le nota el desafinado tono, que podrían pasarse por alto si tuviera otras características para fijarse en ellas, y cuya medianía ponen de relieve los periodistas de la caricatura, particularmente los del periódico La Jornada, como Hernández, el Fisgón, Rocha y Helguera, quienes lo presentan como la caricatura de Danny de Vito, quedándole grande hasta la vestimenta).
Calderón ya se acreditó como uno más de los presidentes del montón y sus promesas de campaña no pasaron de refranes insulsos, mientras más de 60 millones de mexicanos sobreviven cada vez en más empobrecimiento; los mexicanos, a los que la Constitución les dedica todo el artículo 2, como son los pueblos indígenas (muertos de hambre en sus comunidades, en éxodo por todo el territorio para ser objeto de discriminaciones y mendigando que les compren sus artesanías y todos ellos con sus derechos humanos pisoteados) sin tener atención eficaz para ayudarles; los trabajadores en la mira de contrarreformas laborales al estilo del draconiano Lozano Alarcón (que pretende el trono sexenal, en pleito contra Molinar Horcasitas, Vázquez Mota, Córdova Villalobos –si no lo mandan a Guanajuato–, Germán Martínez e incluso Medina Mora); los campesinos muriendo en el campo abandonado, mientras traemos del mercado estadunidense el 80 por ciento de los granos y otros alimentos, como concesión del Tratado del Libre Comercio, de Salinas a Calderón.
Millones de jóvenes rechazados en las escuelas de estudios superiores y los egresados sin empleo son carne de cañón del narcotráfico, las adicciones y fermento de la descomposición social.
Un panorama catastrófico que busca, como un volcán, salidas guerrilleras, delincuenciales y de un explosivo malestar que anuncia nubarrones antes, durante o después de las fiestas calderonistas y panistas del bicentenario y centenario de las revoluciones de 1810 y 1910.
Un escenario catastrófico es el que Calderón haya preferido no arriesgar nada frente a los empresarios, banqueros y dueños de la concentración de la riqueza, que sacan millones de dólares al extranjero, que se muestran (con los televisas y tv-aztecas) golpistas contra el Estado y que, además, se postre, pecho a tierra, para venerar a los mercados, para que sólo accedan a ellos los que tienen capacidad de compra, y el resto, más de 80 millones de mexicanos, víctimas de la pobreza, estén resistiendo toda clase de embestidas devastadoras.
Y en medio de todo eso el aumento de la militarización que apunta –si bien nos va con haber sacado de sus cuarteles a los soldados– a un autoritarismo militaroide y, en el peor de los escenarios, a la amenaza de un golpe de Estado ante la incapacidad política de Calderón y que éste nos deje, como remate de su mal gobierno, esa herencia.
A todo ello nos lleva Calderón como un presidente más del montón, muy parecido al Santa Anna de 1855, vísperas de la gloriosa revolución de Ayutla, sospechosamente pasada por alto, cuando fue el puente histórico entre 1810 y 1910, ya que en 1854 Florencio Villarreal, Comonfort y sobre todo Juan Álvarez (éste atrayendo a la causa de los liberales encabezados por Juárez) irrumpieron revolucionariamente para abolir el mal gobierno e implantar el buen gobierno republicano inserto en la tarea democrática.