domingo, abril 29, 2012

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Fallujah, Irak, 27 de abril. Para el pequeño Sayef no habrá primavera árabe. Apenas de 14 meses de edad, yace en una pequeña frazada roja sobre un colchón barato tendido en el suelo. A veces llora; su cabeza es dos veces más grande de lo que debería ser, y está ciego y paralítico. Sayeffedin Abdulaziz Mohamed –su nombre completo– tiene un rostro gentil y dicen que sonríe cuando otros niños lo visitan y cuando familias y vecinos iraquíes entran en la habitación.
Pero Sayef nunca conocerá la historia del mundo que lo rodea, nunca disfrutará las libertades del nuevo Medio Oriente. Sólo puede mover las manos y toma únicamente leche embotellada, porque no puede deglutir. Pesa tanto que su padre apenas puede levantarlo en brazos. Vive en una prisión cuyas puertas estarán cerradas para siempre.
Es tan difícil escribir esta nota como lo es entender el valor de su familia. Muchas de las familias de Fallujah cuyos niños nacieron con lo que los médicos llaman anomalías congénitas prefieren mantener las puertas cerradas a extraños, pues consideran a sus hijos una marca de vergüenza familiar, en vez de una posible prueba de que algo terrible ocurrió aquí, luego de dos grandes batallas de estadunidenses contra insurgentes en 2004, y otro conflicto en 2007.
Aunque primero negaron haber usado proyectiles de fósforo durante la segunda batalla de Fallujah, las fuerzas estadunidenses reconocieron haberlos disparado contra edificios de la ciudad. Reportes independientes hablan de una tasa de defectos congénitos en Fallujah mucho más alta que en otras regiones de Irak, ya no se diga en países árabes. Nadie, por supuesto, puede mostrar evidencia irrebatible de que las municiones estadunidenses han causado la tragedia de estos niños.

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