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sábado, octubre 24, 2009

Lozano, vapuleado; su comparecencia, un fracaso

Concierto de insultos hace que Ramírez Acuña levante la sesión
Lozano, vapuleado; su comparecencia, un fracaso
Abatido, Javier Lozano escucha la cascada de críticas a su gestión vertidas por el diputado del PT Porfirio Muñoz Ledo. Foto José Antonio López
Roberto Garduño y Enrique Méndez
Periódico La Jornada


La comparecencia del secretario del Trabajo, Javier Lozano, concitó el rechazo de la oposición en la Cámara de Diputados contra la extinción de Luz y Fuerza del Centro; la incapacidad de los panistas para asumir la crítica y los reclamos orillaron al presidente de la mesa directiva, Francisco Ramírez Acuña –quien llegó de última hora– a levantar la sesión sin la autorización del pleno ni la anuencia de los coordinadores parlamentarios.
Sorpresivamente, Francisco Javier Salazar (PAN), secretario del Trabajo foxista y a quién la comisión especial que investigó la tragedia en la mina Pasta de Conchos le atribuyó omisión en el caso, se encargó de conducir la sesión.
Porfirio Muñoz Ledo se lo había anticipado. Pasta de Conchos está vivo, le dijo. No, mano, le respondió el panista.
Al llegar Javier Lozano los incidentes comenzaron. Luis Enrique Mercado (PAN) empujó a Laura Itzel Castillo (PT). Gerardo Fernández Noroña se posicionó en el sitio reservado para el secretario del Trabajo y se paró frente a él, mientras reclamaba al impasible funcionario, que desvió la mirada.
Entonces, de las bancadas de PRD y PT surgió el coro de ¡fascista, fascista!, y ello alertó a los panistas. Roberto Gil (PAN) inició la estrategia de considerar ilegales los gritos al funcionario y la actitud de Fernández Noroña, y pidió que se le llamara al orden. En esas estaban cuando de las curules de los blanquiazules salieron ocho diputadas de ese partido para salvaguardar a Lozano del acoso.
Salazar accedió a la petición de Gil, y de inmediato Gerardo Fernández exigió subir a la tribuna por alusiones, pero el presidente en funciones se resistía: No estamos en debate. No procede, señor diputado. El diputado del PT porfiaba, los panistas ya se encontraban cuerpo a cuerpo con petistas y perredistas al pie de la mesa directiva y Salazar Sáenz cedía –porque así lo determina la ley– al reclamo de la oposición.
Fernández Noroña respondió a los denuestos que los panistas enardecidos le gritaban desde sus curules: “El tema es que este señor que está aquí a un lado usa al Ejército para acabar con una empresa pública nacional, para acabar con un sindicato democrático… les digo que aquí habrá un debate duro porque este hombre ¡es un cínico, es un canalla! Necesita de mujeres para defenderlo”.
Enseguida, Lozano ocupó el atril y sobrevino el coro ¡fascista, fascista! Tras su protesta de conducirse con verdad fue interrumpido en tres ocasiones por el diputado panista Alberto Pérez Cuevas, quien exigía civilidad parlamentaria o que se decretara un receso.
Y así fue. Entre los reclamos y la demanda de reparar el crimen cometido por el gobierno de Felipe Calderón contra los trabajadores electricistas, que emitían petistas y perredistas, Javier Salazar, sin argumento legislativo, decretó un receso por tiempo indefinido.
Durante media hora los coordinadores de PRI, PAN, PRD, PT, Convergencia, Partido Verde y Nueva Alianza, reunidos en la zona conocida como trasbanderas, acordaron llamar al orden a sus bancadas. Minutos después, Lozano pudo articular un discurso donde ponderó los logros del gobierno calderonista, aceptó que hay graves problemas y sólo ocupó los dos últimos párrafos de su texto para referirse al conflicto con el sindicato de electricistas y el posterior cierre de LFC:
Sé bien que esta comparecencia transcurre mientras hay una discusión amplia en la opinión pública sobre la extinción de Luz y Fuerza del Centro. Se trata de una decisión ciertamente difícil y que, sobre todo, afecta a quienes tenían un empleo y lo perdieron de un día para otro; sin embargo, no tengo la menor duda acerca de la legalidad, legitimidad, oportunidad y sobre todo de la conveniencia para la economía nacional y el interés público de la nación.
Cuando terminó, Pedro Jiménez León (Convergencia) recriminó al funcionario: El gobierno de Felipe Calderón determinó liquidar Luz y Fuerza alegando ineficiencias; si ése es el parámetro deberíamos empezar por revocar el mandato a quien hoy ocupa Los Pinos y seguir con el despido de quien despacha en la Secretaría del Trabajo y Previsión Social.
Emilio Serrano, del PRD, subió a tribuna y se dirigió a Lozano, quien lo ignoraba aparentando que escribía algunas notas. “Señor licenciado Felipe Lozano Alarcón. ¡Bueno, es lo mismo, aunque sale más barato! Quiero preguntarle, ¡pero véame, señor secretario, que le estoy hablando! –gritó mientras golpeaba el atril con el puño– ¡Le estoy hablando, señor secretario, dígnese a voltear la vista!
“No tiene conciencia de lo que está haciendo. Pone en riesgo la estabilidad social y la paz de México… no creo que pueda caminar tranquilo por las calles con tanto daño que le hace al país y a los mexicanos. Debe estar rodeado de muchos guaruras, pero la paciencia y la tolerancia tienen un límite, y estamos a punto de llegar a ese límite. No le juegue más al vivo, señor secretario. Está poniendo en riesgo la estabilidad del país, la paz social”.
Salazar cedió la palabra al priísta Carlos Flores Rico, quien confirmó la naturaleza anómala de la decisión de Felipe Calderón: Al momento del cierre, 23 mil de los puestos de trabajo en Luz y Fuerza del Centro, según el informe oficial que tenemos, tienen una antigüedad laboral menor a 10 años. Eso quiere decir que fueron contratados en el periodo del gobierno panista y que en todo caso la responsabilidad de ese personal sobrecontratado corresponde exclusivamente a la gestión empresarial del gobierno del PAN.
Lozano seguía sin atender los posicionamientos.
El tabasqueño Adán Augusto López Hernández (PRD) subió a tribuna y marcó el rumbo de la sesión, cuando le arrojó billetes de utilería a Lozano Alarcón. Paralelamente, su correligionario José Narro Céspedes había conseguido el permiso de Salazar para que 15 trabajadores del SME, gremio que se manifestaba en gran número afuera del Palacio Legislativo, ingresaran al salón de plenos. Que lo hagan en orden y en silencio, pidió el panista. Al entrar a las galerías los trabajadores, entre ellos Martín Esparza, gritaron a coro: ¡Aquí se ve la fuerza del SME! ¡Los diputados se preguntan, ¿ésos quiénes son? Somos desempleados por culpa de Calderón!
Adán López señaló que Lozano “desconoce total, absoluta, rotundamente, lo que pasa en el país. Vive más preocupado por saber qué pasa allá en Manchuria, con el ‘coopelas o cuello’, más bien, a ver cómo hace para cumplir su palabra de la famosa demanda que iba a poner en Nueva York, y que regresó con el rabo entre las patas al día siguiente.
Usted, señor Lozano, ¡es un fascista y es un farsante! Le miente al país y tampoco puede disponer arbitrariamente de los recursos públicos para propiciar el esquirolaje. Qué bien se escucha en el discurso que usted les ofrezca clases de inglés o poner changarros a los trabajadores del SME. Que les ofrezca una sobreliquidación a los que pasen a la caja antes de 30 días. Nos sale más barato, señor Lozano, y aquí se lo dejo. ¡Cobre su liquidación y váyase!
Los billetes cayeron frente a Lozano y ello desquició a los panistas. El desorden se multiplicó. Francisco Ramírez Acuña ya se encontraba en la mesa directiva con el rostro descompuesto. Sin lograr controlar el escenario, Salazar declaró un segundo receso. Y trasbanderas, Ramírez Acuña determinó que la sesión debía terminar. Entiendan que estamos protegiendo a nuestro secretario.
Francisco Rojas (PRI) preguntó: ¿Y si se salen (los del SME)? Ramírez Acuña concedió 15 minutos, pero Esparza y sus compañeros se quedaron.
Se declaró el fin de la sesión y la comparecencia se dio por cumplida. Lozano salió por una puerta lateral resguardado por los diputados de Accón Nacional.

viernes, octubre 10, 2008

Muñoz Ledo critica el plan calderonista

Alma E. Muñoz

Porfirio Muñoz Ledo cuestionó a Felipe Calderón por presentar un plan anticrisis sin concertar con los actores productivos y políticos del país. Sostuvo que presionado, el panista obvió un análisis profundo sobre las causas que originaron la crisis económica y financiera del país. Por eso me extraña, manifestó, que algunas fuerzas y personas de izquierda –sin mencionar nombres– avalaran el anuncio. Eso demuestra, apuntó el coordinador nacional del Frente Amplio Progresista, que “un gran sector de la población tiene una tradición jerárquica que no puede vencer: ya habló el señor, ya tocó las trompetas, pero se les olvida que aún en el antiguo régimen, en los momentos muy difíciles había procesos de concertación”. Muñoz Ledo, al término de un homenaje que le brindó la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, refirió que Calderón hizo una subestimación irracional de la propuesta que hace dos domingos presentó Andrés Manuel López Obrador en el Zócalo capitalino, por lo cual su propuesta “no es suficiente”. Obviamente hay que estudiarla y analizarla, porque salvo el incremento al gasto público, “todavía falta saber en qué y bajo qué controles” se aplicará. Pero, afirmó, sus planteamientos, desde mi punto de vista, “son más de lo mismo, en el sentido de que no revisan la orientación económica de los años recientes: no hay protección a los trabajadores; no hay medidas contra la desigualdad; no hay decisiones que combatan la corrupción y que reduzcan el dispendio del gasto público. Si hubiese un diálogo nacional, insistió, lo discutiríamos porque “cuando (algo) viene de la imposición del sector tecnocrático en los gobiernos no tiene consecuencias públicas favorables”.

viernes, septiembre 26, 2008

La oscuridad del candil

Bitácora Republicana

Por Porfirio Muñoz Ledo

Asistí anteayer en la Universidad Nacional a un Foro sobre seguridad colectiva. Interesa a los estudiosos nuestra experiencia en las Naciones Unidas y les inquietan las condiciones de nuestra inminente participación en el Consejo. No aciertan a descifrar cómo, de nuestra densa oscuridad interior, pueda surgir un candil que ilumine al planeta.
La contradicción es patente: mientras el gobierno proclama respecto de nuestra candidatura que México se propone “fomentar el concepto multidimensional de seguridad, desde una perspectiva de prevención del conflicto”; en lo interno reduce el problema a un enfrentamiento entre las fuerzas de seguridad pública y los delincuentes, con la derrota garantizada por la complicidad de los funcionarios.
En el escenario mundial, la cancillería considera indisolublemente conectadas: “amenazas como el terrorismo y el crimen transnacional” con “la pobreza extrema, el deterioro ambiental y la violación de los derechos humanos”. En el ámbito interno, la autoridad desvincula ostensiblemente la inseguridad pública de sus raíces y suplanta la reconstrucción del Estado, el combate a la desigualdad y la vigencia del derecho por el llamado a las armas.
Semejante simplificación contraría todo concepto contemporáneo de seguridad nacional y la práctica de los Estados que la garantizan. Sería impensable que una gran potencia descuidara su seguridad energética, alimentaria o industrial, e incluso su reproducción científica y tecnológica, que le permiten afrontar los conflictos. La periferia se acoge en cambio a la frágil trinchera de las balas, en ausencia de fortaleza institucional, solvencia económica y desarrollo humano.
Lo sabemos de antiguo: lo que es bueno para las metrópolis no lo es para las colonias. Pero lo que es válido para el discurso internacional debiera serlo para la política doméstica. Salvo que hayan decidido, también en lo externo, alinearse en el bando de la fuerza y quebrantar penosamente una noble tradición, fundada en “una política autónoma, acorde con nuestros intereses y principios”.
Las posiciones de México en el Consejo se alimentaron de una militancia independiente por la autodeterminación de los pueblos, la justicia económica internacional, la vigencia del derecho de la gente y el establecimiento de una paz durable. Sería oportuno el análisis de nuestras participaciones en el tiempo de Luis Padilla Nervo (1946), en el mío (1980-1981) y en el de Adolfo Aguilar Zínzer (2002-2003).
La firmeza con que defendimos los derechos de otros pueblos contra la agresión extendió redes de alianzas que respaldaban los objetivos de las naciones débiles. La clave invariable de la actuación mexicana fue el vínculo entre soberanía política, desarrollo económico y seguridad internacional. Rechazamos que las potencias dominantes impusieran versiones reeditadas de la “Pax romana”: la estabilidad mundial como reflejo de sus propios intereses.
La contribución de México a una visión integral de la seguridad es invaluable. Sostuvimos que la garantía de la libertad e integridad de los ciudadanos exige la expansión del Estado de Derecho y que éste depende de la calidad de las instituciones y la cohesión social, en condiciones equitativas de convivencia internacional. La seguridad es inalcanzable, decía Gustavo Iruegas, ahí donde rigen “gobiernos mansos y maleables, cuyo poder descansa en la facilitación de proyectos ajenos”.
La intervención de Felipe Calderón en la Asamblea General es un modelo de vaciedad conceptual. Se adhiere sin reservas a una versión del terrorismo -“cualesquiera que sean sus justificaciones o motivos ideológicos”- desprendida de los efectos depredadores de tres decenios de desigualdad, reversión de valores públicos, dilución de fronteras nacionales y adelgazamiento de los Estados de la periferia.
La oferta que formula en el umbral de nuestro ingreso al Consejo resulta inverosímil: “nos esforzaremos en reconstruir sociedades e instituciones desgarradas por las guerras”. Cuando su gobierno se opone ferozmente a cualquier reforma significativa del Estado mexicano, comenzando por la jerarquía constitucional de los Tratados de derechos humanos.
Es tarde para declinar nuestra aspiración en el Consejo. No así para procurar, mediante la renovación de los poderes públicos, una representación nacional digna del bicentenario.