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lunes, junio 07, 2010

¡El desastre!

Víctor Flores Olea
¿Derechos humanos en México?

La cuestión de los derechos humanos en México es zona de desastre. Es cierto: jamás hemos tenido en este campo ni pequeñas ni grandes tradiciones, ya no hablemos del “mátalos en caliente” del porfirismo ni de los mil y un atropellos de la etapa revolucionaria: en guerra pasan a último término, que hoy se llaman “pérdidas marginales”.
Como sabemos, en México ha habido un diluvio de recientes denuncias que revelan la violación flagrante de derechos humanos cometida por el Ejército en su guerra “contra el crimen organizado”, pero también por nuevas y viejas bandas paramilitares que hacen el trabajo sucio del Ejército y de las policías y que están “blindadas” por un escandaloso sistema de impunidad y corrupción. Esas violaciones (del Ejército, de las policías , de las bandas irregulares, de parte del sistema judicial) han sido severamente denunciadas por Amnistía Internacional, por el Alto Comisionado para Derechos Humanos de la ONU y por multitud de organismos civiles y sociales del país. Sin embargo, todo queda en el aire y sin atención, ya que hay “otras” prioridades y urgencias encabezadas por la “guerra antinarcóticos”.
Se habla, en muchos foros, del avance o no de la democracia en México, de la vigencia del orden del derecho, de la “guerra contra el crimen organizado”, del sistema de impunidad y corrupción, pero se silencia y disimula la “cuestión” de los derechos humanos, como si no fuera fundamental en el avance o no de nuestro sistema político y jurídico.
Pero esto no se le ha ocurrido a Felipe Calderón, quien prefiere desenterrar huesos de héroes históricos a fin de desacralizarlos (después de todo los principales fueron excomulgados en su momento), a poner en el centro de un gran esfuerzo nacional la valoración y reivindicación de los derechos humanos, que, por cierto, fueron criatura en su momento de la Ilustración, de la que son hijos nuestros héroes patrios, de la primera, segunda y tercera generación (Independencia, Reforma y Revolución).
Por fortuna el ministro Arturo Zaldívar, de la SCJN, puso hace unos días el dedo en la llaga de la tragedia de la guardería ABC, situándola como violación flagrante de los derechos humanos. Pero hace apenas un mes, una caravana integrada por organismos civiles, observadores internacionales y periodistas que se dirigía a San Juan Copala a llevar alimentos fue agredida por un grupo armado (paramilitar) del gobierno de Oaxaca, al menos con el resultado de dos asesinados: la mexicana Beatriz Alberta Cariño y el finlandés Jyri Jaakola, sin ningún resultado en las pretendidas averiguaciones. Sería interminable enlistar los hechos que ha denunciado la prensa en los últimos tiempos, sobre violaciones a los derechos humanos que quedan en la impunidad, sin excluir la última agresión, hace unos días, a Lydia Cacho en la guardería o asilo de niños discapacitados que tiene en Cancún.
La situación es que el activismo en México, a favor de los derechos humanos, se ha convertido en una de las ocupaciones más peligrosas del país.
Decíamos: en situación de guerra, los derechos humanos pasan al tercero o cuarto lugar de las prioridades. Y así serán recordados el “piadoso” Felipe Calderón, como un presidente que abrió las compuertas a la violación impune de los derechos individuales y sociales (también el SME), y el “seráfico” secretario de Gobernación, Felipe Gómez Mont, a quien se le llena la boca hablando del respeto al orden jurídico cuando en sus narices se violentan brutalmente los derechos humanos sin decir esta boca es mía. ¿Perciben ahora el porqué de la más extrema desconfianza y el mayor desprecio de muchos mexicanos hacia las instituciones?
Asignatura pendiente, como dicen. Y mejor, asignatura olvidada y maltratada.
Es verdad, en el Legislativo queda por revisarse en la Cámara de Diputados una iniciativa ya aprobada por el Senado. Pero sobre todo, la iniciativa que presentó la semana pasada el diputado Porfirio Muñoz Ledo, sin duda la más comprensiva y profunda. En la iniciativa de Muñoz Ledo hay reformas constitucionales y el compromiso de que no prescribirán el genocidio, los crímenes de guerra y de lesa humanidad, el reconocimiento de la jerarquía constitucional de las garantías individuales en los tratados internacionales, además de que se abre el reconocimiento de los derechos sociales y políticos como derechos humanos, y se garantiza la protección constitucional de las organizaciones no gubernamentales en la materia.
Muñoz Ledo sostiene que su iniciativa es una vía privilegiada para luchar “contra el autoritarismo gubernamental y la más idónea para arribar a una democracia genuina”. Anunció que en ésta, se enmarca la propuesta de reforma del Estado que desde hace 10 años fue elaborada por un grupo numeroso de expertos y legisladores, y que aún se encuentra congelada en el Congreso federal. Este proyecto de reforma, también otorga el reconocimiento a los derechos humanos que pueden ejercerse a título individual y colectivo, y eleva a la categoría constitucional la protección del ejercicio pleno de las garantías de mexicanos en el extranjero, más allá de su condición migratoria, definiendo además el derecho de asilo.
En esta iniciativa, se contempla prohibir la intervención de las fuerzas armadas en labores de seguridad pública. La iniciativa de Muñoz Lado, que debiera ser estudiada con la mayor seriedad y rapidez, supondría un avance decisivo del país en materia de derechos humanos.

lunes, febrero 15, 2010

¡¿Paramilitares?!

Víctor Flores Olea

Se ha demostrado que la presencia del Ejército Mexicano en las calles, en labores de policía, es perfectamente ilegal y anticonstitucional, no sólo porque su función es otra (la defensa territorial y de la soberanía del país), sino porque pone en serio peligro la función y significado histórico de la institución.

Utilizando al Ejército en la guerra contra el narcotráfico se le arriesga a la corrupción de un enemigo archipoderoso económicamente; y, por cierto, gracias a su nueva vocación impuesta, el Ejército se convierte en una maquinaria de abundantes violaciones a los derechos humanos, inclusive manejada con criterios políticos, como aparece en el último discurso del secretario de la Defensa, Guillermo Galván, quien, sin disimulos, hizo un llamado a las fuerzas armadas a apoyar la reforma política de Felipe Calderón. Acto desusado de un alto jefe del Ejército que ahora resulta especialmente grave por la presencia militar en las calles.

Hace unos meses el Ejército fue sometido a una abrumadora batería crítica por su frecuente violación a los derechos humanos (Amnistía Internacional y diversas agencias de Naciones Unidas, además de organizaciones nacionales de defensa de los derechos humanos, como el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro y otras).

Al menos dos fueron los efectos posteriores a las denuncias: el Ejército se vio sustituido en algunas operaciones de relieve por la Armada de México (por ejemplo, la muerte en Cuernavaca del narcotraficante Beltrán Leyva), como si se quisiera disimular o desvanecer el plano de primera magnitud que ha cumplido en esa guerra la Secretaría de la Defensa Nacional. Pero no sólo eso, sino algo más grave: con motivo de los viles asesinatos de jóvenes en Ciudad Juárez (y su primera calificación de pleito entre pandilleros, que mereció después disculpas de Felipe Calderón), y de otros 10 jóvenes en un bar de Torreón, salió a relucir el nombre de un grupo Cártel México Unido contra Los Zetas, que publicitó el hecho y su autoría a través de declaraciones a los medios y en cortos televisivos en You Tube (el espacio de la red para videos breves). Surgen entonces ya grupos de la extrema derecha que se ostentan como salvadores de la patria y de nuestras creencias tradicionales, inmunes e inviolables.

Puede pensarse que en México, con el Ejército en las calles cruzado de fuego crítico por quienes señalan su violación de los derechos humanos y quienes sostienen, con razón, que sus tareas de policía son incompatibles con sus funciones constitucionales, comienza a darse uno de los fenómenos más lamentables y peligrosos en las sociedades en que el Ejército cumple tareas policiacas: la formación de grupos paramilitares encargados de la limpia, es decir, de las tareas más sucias y destructivas de sociedades y regímenes políticos.

La historia reciente de Colombia (para no mencionar a Kosovo, a Pakistán, a Chechenia) ilustra dramáticamente a qué extremos puede llegar la formación de grupos paramilitares, que es una de las experiencias más aniquiladoras que puede sufrir una sociedad (probablemente más grave que el mismo narcotráfico). Y, sobre todo, nos muestra el carácter casi fatal de la formación de paramilitares en los enfrentamientos políticos que se convierten en guerra interna, por razones del narcotráfico o por diferencias étnicas, religiosas y otras. ¿Estamos ya ingresando a ese punto bárbaro de destrucción nacional? ¿Somos incapaces de aprender de otras experiencias de la historia? ¿No sabíamos que sacar al Ejército a las calles implicaría también darle entrada a la política, como lo demostró el último discurso del secretario de la Defensa Nacional? ¿Esos grupos cumplirán las tareas más comprometidas de limpia asignadas al Ejército?

Parecería que estamos en el inicio de esa infame práctica con motivo de la “guerra contra el narco”. Pero no es así, tal vez no sea tan inicial: un informe de la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos (agosto 2009) menciona la participación del Ejército y de la inteligencia militar mexicana supervisando a grupos armados en las fechas en que se perpetró la matanza de Acteal. ¿No debería igualmente calificarse de paramilitar el grupo de los halcones que participó en el asesinato de estudiantes en las calles de la ciudad de México, el negro jueves de corpus de 1971? ¿U otros (el Batallón Olimpia) que participaron antes en la matanza de Tlatelolco?

El seguimiento de los enfrentamientos militares internos nos acerca peligrosamente a esos usos y costumbres a que conducen las fuerzas armadas en las calles en funciones de policía o represión. Por eso también se habla ya en México de la militarización de la sociedad y del régimen. ¿Se trata de la formación de grupos de autodefensa, cómplices eventualmente del narcotráfico y del Ejército, y capaces de reclutar niños?

La corrupción, según innumerables testimonios, ha llegado también a las fuerzas armadas. El argumento de la compra cada vez más necesaria de nuevos y cuantiosos armamentos, junto a otros pretextos, juega un decisivo papel corruptor al que resulta muy difícil escapar. ¿O por qué seríamos capaces de evitarlo, si para otros ha sido imposible?

Tal es uno de los siniestros derivados de las políticas de Felipe Calderón; desde luego, los paramilitares son otra forma de expresión armada de la extrema derecha que nos asedia.

martes, diciembre 08, 2009

Obama en el pantano

Victor Flores Olea
La Jornada

En este caso se da en un orden inverso: con George W. Bush como comedia, con Barack Obama como tragedia. Lo digo porque el hombre de Chicago dilapida sus bonos de manera desenfrenada; en cambio Bush, no teniendo ningunos, simplemente confirmaba el nivel de estupidez que se le asignaba. Mientras Obama llegó a la presidencia provocando esperanzas entre los suyos y más allá de los suyos, en menos de un año las ha convertido en escombros de muy difícil reparación.

La primera reflexión que provoca la decisión de Obama de permanecer en Afganistán y de enviar 30 mil soldados más, con los enormes gastos que envuelve, es la de subrayar el enorme poder en Estados Unidos del complejo militar-industrial, que no sólo no cede en limitar sus intereses, sino que arrolla a cualquier poder o institución que sueñe frenarlo. Los presidentes son sus ordenanzas, los partidos sus órganos de presión y transmisión, el Legislativo su arena de culminación. En Estados Unidos no valen los programas políticos, y menos las buenas intenciones, sino sólo el poder de los enormes monopolios que obligan a las guerras y a la liquidación de poblaciones enteras, y que utilizan el chantaje, la amenaza y la corrupción como sus recursos más comunes. Tal es el Imperio y sus métodos fascistas, que no han cambiado en nada y destrozan todo lo que pudiera interponerse en su camino.

Barack Obama ha fijado en 30 mil millones de dólares anuales el precio de su aventura, que no cambia en nada la política de Gerorge W. Bush y Dick Cheney, sino que en cierta forma la profundiza en tiempos de la gran crisis, comprometiéndose además a trabajar al Congreso para obtener los fondos. Analistas responsables calculan que por necesidad Obama seguirá incrementando el envío de tropas hasta llegar fácilmente a 80 mil soldados.

El poder en pleno de la oligarquía dispuesta al asesinato no únicamente de talibanes y Al-Qaeda, en que se concreta ahora la lucha antiterrorista de Bush, sino que llevará a la muerte a decenas de miles más de afganos inocentes. ¿Por qué la tragedia de las Torres Gemelas?, precisamente porque el Imperio ha actuado sin misericordia a lo largo y ancho del mundo, y a veces los oprimidos deciden actuar en el contragolpe.

Cerca del 30º aniversario del comienzo de la ocupación soviética de Afganistán, que fue uno de los motivos del derrumbe de la URSS, Obama repite el lamentable error, sin detenerse a pensar que los soviets no pudieron vencer en esa invasión, a pesar de su medio millón de soldados movilizados. La torpe persistencia de Obama de seguro inflamará más aún la santa cruzada que busca expulsar de esas tierras a las tropas extranjeras, y ya algunos afirman que la decisión llevará a Estados Unidos a una bancarrota mayor, y que de ser un Imperio se convertirá pronto en una república bananera.

El fracaso de los soviéticos, pero antes, desde hace siglos, una impresionante lista de imperios y poderes que fracasaron en su pretendido dominio de Afganistán, sin excluir a los mongoles y a tres intentos fracasados del imperio británico. En este sentido, Afganistán se asemeja a Vietnam en su resistencia victoriosa ante los invasores, como probaron Francia en 1954 y Estados Unidos en 1975. Pero parece ser que la historia no enseña, sino que es el terreno en el que se repiten los errores y los fracasos.

Terminar el trabajo, proclamó Barack Obama en su discurso de guerra en West Point. Pero, ¿qué trabajo? De un lado profundizar la ruina económica en Estados Unidos e impulsar el número y actividad de terroristas en lo internacional, sin olvidar que el régimen impuesto de Karzai es uno de los más corruptos del mundo y que ahora la decisión de Obama actúa en su favor y protección. ¿El trabajo de apaciguar al complejo militar-industrial en Estados Unidos, ampliando los asesinatos y la tortura y destruyendo más aun, como ya se ha hecho, la defensa de los derechos humanos en ese país? ¿Todo al mismo tiempo? En todo caso resulta dramática la decisión de Barack Obama.

Exactamente lo contrario de sus compromisos como candidato, desperdiciando vidas y la riqueza del país. Obama llegó a la presidencia con importante apoyo popular y ahora pierde el soporte de muchos demócratas sin obtener el apoyo de la derecha, que lo seguirá aborreciendo y que ya trabaja para dejar su lugar a los republicanos. Muchos piensan que será un presidente de un solo periodo, que es menos inteligente de lo que se suponía y que sólo es una cobertura para la oligarquía y la extrema derecha de Estados Unidos.

Las decisiones de Obama sobre Afganistán nos recuerdan su política fracasada en América Latina, que se ha concentrado en multiplicar las bases militares y en la negativa a renovar la política estadunidense en sus relaciones con Cuba. Algunas señales tímidas sobre la visita de familiares a la isla, pero ni una palabra sobre el levantamiento del bloqueo económico que condenaron este año en la Asamblea General de la ONU 187 países con tres en contra y dos abstenciones.

Obviamente las esperanzas en Obama se han evaporado.

Fuente original: http://www.jornada.unam.mx/2009/12/07/index.php?section=opinion&article=016a2pol

jueves, agosto 06, 2009

Saber, lucha política y esperanza

Desde el lado de la izquierda

Víctor Flores Olea
Rebelion

Nos quejamos de la ausencia de ideas, de uno y otro lado, en la última elección de medio camino. Y teníamos razón. Entre otros factores, a eso atribuimos la catástrofe electoral, sobre todo de la izquierda. Sin embargo, ahora mismo, desde el lado de la izquierda, aparece publicado (La Jornada, 30 julio 2009) un texto de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) que resulta extraordinariamente importante. No sólo porque expresa con puntualidad “Al Pueblo de México” su visión del país sino porque propone en lo fundamental las líneas de salida a la tremenda crisis que vivimos.

Para AMLO desde hace veinte años cuando menos se habría integrado en México una oligarquía que ha consolidado su poder, también por medio de la corrupción y el saqueo y por arriba de las instituciones fundadas en la Constitución. No se trata únicamente del “grupo político” que ha usufructuado las ventajas del poder, sino el hecho más decisivo aún que ese “grupo político” actúa representando en definitiva a un “puñado” de los más ricos de México, no a los “mejores y más brillantes” sino a los más audaces y voraces, a los capos en México del “capitalismo salvaje” que nos destruye. El país estaría en manos de ese doble puño de quienes detentan la riqueza y el poder político, no en beneficio del pueblo sino en provecho de sus fortunas y ambiciones.

Ese poder alejado del pueblo impondría sus mandatos y conveniencias al conjunto institucional de México: a los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, al complejo de las instancias electorales del país, a la Procuraduría General de la República, a la Secretaría de Hacienda y a los Partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional. El país ofrecería un panorama de concentración de poderes y riqueza en pocas manos y de exclusión hasta la miseria de la mayoría, lo que representa la causa fundamental del desastre que vivimos en multitud de dimensiones. Y que explica su real origen: ¿alguien estaría en desacuerdo?

Se confirma entonces la definición de Aristóteles para quien, en negación y traición a la democracia, en un país con riqueza concentrada y desigualmente distribuida el puñado de oligarcas somete a sus intereses a los gobiernos, creándose complicidades absolutamente indeseables. Y destruyéndose cualquier posibilidad de democracia. El gobierno como simple Consejo de Administración de las empresas y monopolios.

Para ese control general los monopolios de la comunicación resultan esenciales, y para la ciudadanía el instrumento más deleznable de su degradación, ya que el espectáculo del mundo que se les transmite es esencialmente un escenario en que solo se vive para ganar y acumular, para mentir y traicionar, por cualquier medio.

Con un rasgo más que apunta certeramente AMLO: el PRI, para los oligarcas, resultaba insostenible en el año 2000 después de 70 años de poder y decidieron entonces el “recambio” por el PAN, cuyas torpezas y pequeñeces (sobre todo por sus Presidentes) lo han llevado a la bancarrota abismal, uno de cuyos síntomas fue su retroceso en la elección del 5 de julio último. Así fue pero ahora, ante la imposibilidad de seguir sosteniendo al PAN, se habría ya decidido otro “recambio” que haría regresar al PRI al poder en el 2012: objetos desechables según la conveniencia oligárquica, papel para la basura.

Ya en el horizonte del próximo “recambio”, en plena crisis económica, surgen nubarrones que presionarán aun más a la baja los ingresos más modestos: no a una reforma fiscal progresiva sino en todo caso regresiva, IVA para alimentos y medicinas, aumento de precios en luz, gasolinas y otros servicios. Como dice AMLO “…los potentados no están dispuestos a permitir ningún cambio que ayude realmente a enfrentar la crisis económica… Se recortarán antes los programas sociales que los privilegios de ricos y de la alta burocracia”.

López Obrador insiste en que uno de los aspectos más graves de la crisis actual es la descomposición moral y social que vive México, que ciertamente son factores que han llevado a la inseguridad y a la tremenda violencia que vivimos. Y la crisis de violencia eventualmente se enfrenta con más violencia “…sin tomar en cuenta que la paz y la tranquilidad son fruto de la justicia”.

Lo malo, dice AMLO, es que “Todo indica que persistirá la degradación del país. En consecuencia, la única alternativa es seguir luchando hasta derrotar a la oligarquía en el terreno político, de manera pacífica, para hacer valer la democracia y establecer un gobierno que combata la codicia y la corrupción, distribuya con justicia las riquezas de México y garantice el bienestar y la felicidad del pueblo”.

Y llama a realizar algunas tareas fundamentales: la organización de la ciudadanía, desde los comités municipales hasta los de barrio, crear redes alternativas de información que ayuden a romper el bloqueo y la manipulación de las grandes empresas de comunicación, la disponibilidad a movilizarse para detener los más grandes abusos que se presenten, como el de la frustrada privatización del petróleo, e insistir en la defensa de la economía popular y la soberanía.

Propuestas sencillas pero altamente movilizadoras que podrán frustrar en el 2012 los objetivos más despreciables de la oligarquía. Palabras llenas de saber de un mexicano que ha convertido su experiencia de luchador político en un mensaje de esperanza.