lunes, junio 29, 2009

Astillero

Julio Hernández López

El médico forense de alcance internacional Felipe Calderón (cuya última hazaña de dictaminaciones póstumas ha sido revelar que Michael Jackson murió de una gastritis crónica estupefaciente que fue provocada por falta de medicina divina) sacó a los militares de sus cuarteles, los repartió por el país y, al demeritar crecientemente la funcionalidad de lo civil y la eficacia de lo político, peligrosamente les ha ido entregando parcelas del poder. Calderón es rehén de muchos factores e intereses (Elba Esther, empresarios financistas, teledictadura, por citar algunos) pero, a fin de cuentas, su único sostén institucional sigue siendo el mismo que le abrió paso en San Lázaro para rendir una protesta de opereta. Con el agravante de que, entre más se entrega y depende de los cuerpos armados de elite, más inconformidad genera entre los segmentos medios de mando del Ejército que se ven empujados a guerras perdidas, inexplicables y selectivas contra el narcotráfico, y a tareas de contención brutal de la inconformidad social (una nueva edición de la guerra sucia de déca- das pasadas) que dañan en estos momentos el prestigio y respetabilidad de esas fuerzas armadas y que también les encaminan al futuro banquillo de los acusados históricos.

México A.C. y México D.C.: Antes de Calderón, incluso durante la pesadilla folclórica de la alta rapiña foxista, México parecía aún distante de tocar fondo. Después de Calderón, hoy, se vive una aproximación a la barbarie institucionalizada, con una estructura gubernamental repartida entre cárteles a cuyos planes responde y una sociedad abandonada a la nueva ley de la selva en la que grupos delictivos diversos sustituyen funciones estatales como el cobro de impuestos y el otorgamiento de protección. El presunto poder civil (una camarilla de inexpertos y ambiciosos, dedicados más al avizoramiento de franjas de oportunidad para negocios personales, unidos por el pegamento de las complicidades y las debilidades) ha llevado al país a una situación de extremo riesgo, con una economía debilitada como nunca y agravios sociales acumulados en riesgo de explosión. Lo único que sostiene a ese PPC (presunto poder civil) es la fuerza militar, no la política ni el carisma o el proyecto. Por ello es que desde el propio calderonismo se impulsa la opción simple e improductiva del voto útil. Por ello es que se promueven las tesis desmovilizadoras del fracaso absoluto de las opciones partidistas, electorales y políticas.

Claro que es difícil aventurar por cuál de sus decisiones trágicas habrá de pasar a la páginas negras de la historia el actual ocupante oficial de Los Pinos. Sólo por recordar lo más reciente habría que mencionar la magnificación que hizo de un problema sanitario que acabó de hundir a México (sobre todo, en el ámbito turístico) y dio a Calderón el tragicómico sustento para declararse salvador de la humanidad. Pero en cualquier valoración histórica que se haga del paso de Felipe I por el falso trono mexicano se incluirá el baño de sangre que con más de 10 mil muertos ha impuesto al país y la militarización nacional, todo a título de una guerra contra el narcotráfico que él personalmente decidió y que diversas instancias internacionales conocedoras del asunto consideran mal llevada y advertidamente fallida.

Esa guerra ha producido bajas civiles inocentes o sin comprobación de culpabilidad y la instauración de un estado de excepción que obviamente ha generado violaciones constantes de los derechos humanos y las garantías constitucionales. La caravana verde olivo, que produce temor social y amenaza al ejercicio crítico, ha llegado ya al Distrito Federal, sede no sólo de los poderes nacionales sino de un espíritu libertario y combativo que se ha expresado electoralmente en los últimos años en favor de los candidatos de la izquierda, que sigue siendo un reducto de oposición activa a la ilegítima presencia de Calderón en el cargo presidencial. Esa caravana tiene, históricamente, mientras se le mantenga vigente y mientras se le siga concediendo poder, un paso obligado por la revisión de sus funciones, compromisos y alternativas. Ya se han producido, desde finales del gobierno de Fox, discursos y señalamientos de altos jefes castrenses que expresan preocupación por las circunstancias políticas, y distintas versiones escuchadas en los corrillos del poder hablan de la insatisfacción de los cuadros militares por la manera en que se maneja al país.

Honduras, con todas las diferencias del caso, es un espejo al que obligadamente México debe asomarse. Un país intencionalmente dividido (gracias a las perversas habilidades del nefasto Antonio Solá y a las necesidades políticas del foxismo y el calderonismo), inducida y genuinamente harto de los políticos y la política, es terreno fértil para las tentaciones autoritarias.

Astillas

¿Tendrán validez unas elecciones realizadas en estado de excepción? es la pregunta que se planteará este miércoles primero de julio, a las 17 horas, en el Club de Periodistas, como una manera de fijar a tiempo una postura ante lo que se vive en México, con unos comicios en puerta cuyo contexto es la descompo- sición institucional acelera- da. La iniciativa, impulsada por Josefina Mena-Abraham (que en 2006 promovió la reunión de los llamados matemáticos universitarios que hablaron del fraude electoral cibernético en el mismo Club), tiene contemplada la participación de John Ackerman, Gabriela Vargas Gómez, Julio Boltvinik y, como moderador y también como ponente, el redactor de estas líneas astilladas... En medio de todo (lo oscuro, lo funesto), qué gusto ver a un notable mexicano, como José Emilio Pacheco, recibiendo justos reconocimientos a su trabajo. A pesar de todo (lo de aquí, lo de afuera), es posible sonreír en su sonrisa, reivindicar en él la grandeza de México... Y, mientras sigue la campaña de confusión en Iztapalapa, tratando de cerrar el paso al forzado acto de defensa política de la opción lopezobradorista, ¡hasta mañana, a sabiendas de que lo importante está después del 5 de julio!

Fax: 5605-2099 • juliohdz@jornada.com.mx

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