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jueves, enero 15, 2009

Obama-Calderón

Víctor Flores Olea

Lo que resultó extraño en la conversación Obama-Calderón es que el primero felicitó al segundo por su “liderazgo en la economía mexicana y su valentía por la lucha antinarco y en contra de la violencia propiciada por el crimen organizado”. Y también respecto a su “liderazgo en la promoción extraordinaria de energías alternativas”.
No hay duda que los presidentes tienen información privilegiada porque la percepción de Obama sobre esos “liderazgos” que le atribuye a Calderón son prácticamente desconocidos en México. Sí, la lucha antinarco cuyos resultados son cada vez más desastrosos y evidencian que largas filas de “servidores” del Estado mexicano, en las policías, en el ejército, en la administración de justicia, se han puesto al servicio precisamente de los narcos, desde luego gracias a los “cañonazos” muchas veces millonarios en dólares y por las implacables amenazas: “plata o plomo” como han dicho los colombianos.

Se entiende en reuniones como ésta el necesario protocolo unido a frases huecas, pero inevitablemente los mexicanos de a pie vemos el panorama de muy distinta manera: un grave debilitamiento del Estado y desde luego un peligroso fortalecimiento del ejército, al que se le abrieron las puertas y que ni tardo ni perezoso ha tomado buena parte de la dirección política del país, poniendo condiciones y determinando nuestro presente y futuro.
Tal vez hubiera sido más útil que Calderón le preguntara a Obama por qué en el país consumidor de drogas más grande del mundo, prácticamente jamás se detiene a un narcotraficante y mucho menos a capos realmente significativos. Calderón, si el otro se hubiera confesado, lo cual resultaba improbable, hubiera escuchado cómo en Estados Unidos la cuestión de las drogas se ha “resuelto” a través de un gran acuerdo con las “familias” de los narcos que controlan territorialmente zonas asignadas y acordadas previamente con distintas esferas del gobierno, con el compromiso de no violentar tales acuerdos. Así, en el país pragmático por excelencia va casi todo en paz (a diferencia de las tremendas batallas entre gangsters de los años 30, que ahora vivimos nosotros) y el dinero sigue fluyendo de manera multibillonaria del cual se benefician no únicamente los distribuidores de drogas sino los innumerables funcionarios públicos que están en el arreglo, a todos los niveles y en todos los territorios.
No digo que tal sea la solución ideal sino simplemente observo que un país que coloca la “moral” como principio en muchas de sus actitudes, prefirió el pragmatismo del acuerdo a una batalla prácticamente imposible de ganar, y que sólo sirve para el debilitamiento del Estado. Por supuesto la legalización de la droga resulta utópica, en primer término porque deja demasiado dinero a diestra y siniestra y en tiempos de este capitalismo salvaje nadie, en ningún lado, está dispuesto a renunciar a esas fenomenales ganancias.
Otra cuestión extraña que surgió en la reunión fue lo que pareció, por parte de Obama, el reconocimiento en Calderón de una suerte de “vocería” latinoamericana que, por supuesto, no existe. Las cosas como son: con la firma del TLC México decidió sumarse a la parte Norte del hemisferio y abandonar, o adelgazar lo más posible, su pertenencia latinoamericana. Así lo hicieron Salinas, Zedillo y, hasta lo grotesco, Vicente Fox. La consecuencia es que los latinoamericanos del Sur nos han dejado de ver en muchos sentidos como tales y ya pertenecientes a otro planeta, el del Norte, el del TLC con Estados Unidos y Canadá. Sin hablar del liderazgo perdido que un día pudo sustentar México.
Por supuesto Calderón no ha cambiado un ápice a esa percepción, aunque es justo decir que ha llevado a cabo esfuerzos diplomáticos no despreciables para iniciar la reconstrucción de los desechos de la relación con Cuba que le dejó Fox.
Lo hemos dicho en otras entregas: resulta lamentable que México se haya alejado de América Latina precisamente cuando nuestro hemisferio Sur se significa como un conjunto de países que buscan rutas alternativas al capitalismo salvaje del neoliberalismo, cuyos efectos devastadores sufre hoy el mundo entero.
¿Barak Obama y América Latina? Aun cuando reconoció en su entrevista con Calderón las “tensiones” entre su país y Latinoamérica, y se declaró listo a “darle vuelta a la hoja” de esa historia, resultó decepcionante la comparecencia de quien será la Secretaria de Estado, Hillary Clinton. Es verdad que en su campaña Barak Obama no se había pronunciado claramente sobre el asunto, pero ahora Hillary fue tajante: no se revisará el bloqueo económico de más de 50 años a Cuba, no obstante que esa política desaforada se considera en el mundo entero uno de los fracasos internacionales más grandes de la historia de Estados Unidos.
Hillary Clinton utilizó en su comparecencia, sobre todo respecto a América Latina, una retórica, esa sí pasada de moda, a pesar de que dijo que Chávez y Evo Morales sostienen políticas envejecidas. Francamente, después de la campaña de Barak Obama que dio lugar a esperanzas, desde nuestro ángulo sería difícil encontrar ahora hacia nosotros algo más que el conocido pragmatismo de Estados Unidos, en el que sólo cuentan sus intereses.

viernes, diciembre 05, 2008

El 2 de Octubre, luto nacional

(¿y Echeverría? Bien gracias, en su casa y con su sueldo de por vida pagado por los enlutados)

Posiblemente no haya sido el único sorprendido con la noticia de que el Senado de la República declaró al 2 de octubre como día de luto nacional. Y, a lo que parece, por una mayoría abrumadora. Ahora deberán pasarán las reformas a la Cámara de Diputados para su eventual aprobación.

Por Víctor Flores Olea
Gratamente sorprendido, porque se reconoce por un órgano del Estado que la matanza en la Plaza de las Tres Culturas “forma parte de la memoria histórica de México”, y porque esa votación significa inmediatamente un claro repudio a la violencia y a la represión, también a la de hoy en todas sus formas. Paradójico, pero en uno de los momentos más sangrientos de la historia del país el recuerdo del 2 de octubre sirve para señalar que vivimos hoy una tragedia inconmensurable, la del crimen que avanza arrasándolo todo a su paso.
En primer lugar una felicitación a los “excombatientes” del movimiento estudiantil y popular de 1968 que hoy, desde puestos de responsabilidad, siguen su lucha en distintos frentes para que se reconozca el real significado de aquellas batallas. Pero sepamos todos, como ellos lo saben bien, que estamos lejos de haber ganado la lucha por la democracia y el imperio de la ley, que fue la sustancia última de aquel movimiento.
Es absolutamente inconstitucional que el Ejército ejerza funciones de policía, aunque se nos diga que el Ejército está en las calles para hacer la guerra al narcotráfico. Esa es sólo parte de la verdad, no toda la verdad. Según lo hemos visto el Ejército cumple también funciones represoras o al menos de contención en contra de los movimientos populares y de protesta: Oaxaca no se olvida, el asedio militar en Chiapas en contra del zapatismo nos indigna todos los días, o la utilización del Ejército en contra de los maestros disidentes (en Morelos). Podría prolongarse la lista. Es decir, hoy la actuación del Ejército no es tan lejana a la que cumplió en aquellos crueles días del 68, aun cuando la resonancia trágica de entonces tuvo que ver también con que el asesinato y la brutalidad fueron cometidos en el centro de la capital, y en contra de personas que muchos conocíamos.
El problema es que nos enfilamos aceleradamente a una situación de guerra permanente (¿“a la colombiana”?) que hasta hace poco veíamos como algo inadmisible. Y eso porque cuando el Ejército cumple funciones de represión policíaca y social nos despedimos del respeto a los derechos humanos, a la democracia y a la legalidad. Esto también lo saben bien los “exmuchachos” del 68 que también por tales razones reivindican las luchas de aquel tiempo.
Con un agregado: hoy México, como Colombia durante décadas, se vincula estratégicamente a Estados Unidos con ese famoso “plan Mérida” que nos traerá exigencias inadmisibles, según muy pronto se verá, que afectarán centralmente a la soberanía nacional y que se utilizará como malla de contención e incluso de represión a los eventuales movimientos transformadores en México y, al menos, en América Central.
Los jefes del Ejército y la Marina, han declarado de manera explícita que de ninguna manera serían instrumentos de represión o brazos armados en contra de los movimientos populares, en semejanza a antecesores de hace cuatro décadas. Sin embargo, han de entender el enorme peligro que corren al cumplir las tareas policíacas que se les asignan. Las violaciones a los derechos humanos y a la legalidad se producen en cualquier momento, como ya se han producido, más allá de los propósitos declarados de la jerarquía. Y, desde luego, en esta línea política se sumarán inevitablemente a los designios imperiales (Estados Unidos) en América Latina, que son concretamente contrarrevolucionarios y no reformistas mínimamente (¿cambiará la situación con Barack Obama?)
No desconocemos el terrible problema del narcotráfico y del crimen organizado, con sus secuestros y asesinatos salvajes. Pero las autoridades parecieron desconocer que su guerra al mismo, inclusive por medio del Ejército, iba a sacudir una mata de la que saldría mucho de lo peor de la sociedad: altos funcionarios policíacos e inclusive del Ejército sometidos a los “cañonazos” en dólares del narcotráfico, por descomposición moral y por miedo, o todo junto. Como se decía en Colombia hace algunos años: “plata o plomo”, describiendo el dilema imposible al que se enfrentan muchas de estas víctimas.
Bien que se haya reconocido como fecha histórica y luctuosa el 2 de octubre de 1968, pero el drama es que ni la represión ha terminado en México ni la democracia tiene los avances y frutos que se esperaban. Sí, hoy existe una mucho más amplia paleta de ideologías políticas y partidos para elegir, pero la sustancia de las decisiones siguen principalmente en manos del dinero, como en todas partes del mundo, en que todo se vende y se compra, y en que el “espíritu del mercado” lo ha invadido todo, comenzando precisamente por la política.
Esa no era la democracia por la que se luchó en el 68 sino que se luchó por una democracia ciudadana profundamente participativa: ¿se recuerda la exigencia del “diálogo público”? Resulta indispensable otra ola de reformas como las que desencadenó el 68. Ola de reformas que no son cuestión de un solo partido o doctrina sino que son tarea de la sociedad entera, reformas progresistas que únicamente podrán lograrse con la amplia participación ciudadana y popular, incluyendo los participantes en la gesta del 68.