martes, marzo 30, 2010

Una increíble venganza

Guillermo Fabela Quiñones
Apuntes

Tal parece que muchos de los estados de la República están en abierta competencia por el récord de asesinatos en sus territorios. No pasa día sin que los medios informen de múltiples homicidios en tal o cual entidad del país, curiosamente en aquellas donde la presencia de tropas del Ejército Mexicano es más numerosa. Lo incuestionable hasta el momento es que la violencia es el común denominador en el cuarto año de “gobierno” de Felipe Calderón, en una escalada sin precedentes que demuestra la absoluta incapacidad gubernamental para garantizar niveles mínimos de seguridad pública. El Estado fallido como estigma de una tecnocracia ultra conservadora que no tiene idea de cómo gobernar, pues su interés no es ese, como lo demuestran los hechos, sino lucrar a la sombra del servicio público.
Es válido suponer que la estrategia del Ejecutivo es esa precisamente, distraer a la opinión pública con los excesos del crimen organizado, con el fin de poder medrar impunemente mientras la sociedad está embebida en sus preocupaciones cotidianas por la inseguridad y la violencia cada vez más generalizada. Puede ser que así haya sido en un principio, pero a la fecha la situación se salió de control y adquirió perfiles profundamente preocupantes. Pareciera que México vive una realidad inédita que ya no se sabe cómo reencauzar positivamente. La ingobernabilidad no es ya sólo un fantasma sino una realidad monda y lironda. Todo porque Calderón llegó a la primera magistratura con el fin más que manifiesto de servirse del poder con una finalidad patrimonialista.
Desde luego, no es el único que arribó a Los Pinos con ese propósito, pues sus antecesores tecnócratas también lo hicieron, de modo por demás nefasto para la nación, como es fácil corroborarlo siguiendo los pasos de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Vicente Fox. Los tres hicieron graves e irreparables daños a los mexicanos, al grado de colocar al país al borde del colapso y hacerlo retroceder en el concierto internacional de naciones. Pero llama la atención que Calderón los esté superando, cuando se suponía que sería imposible hacer caer más bajo a México. Pareciera que así se está vengando del pueblo que lo rechazó con su voto en el 2006, como igualmente procedió Salinas una vez que le fue colocada la banda presidencial. Se dedicó con ahínco a saquear al país, sin embargo Calderón parece que intenta superarlo.
Así lo patentizan diversos hechos comprobables, como la situación que priva en PEMEX, donde la corrupción va de la mano de una impunidad incontenible, de acuerdo con el bien documentado libro de la periodista Ana Lilia Pérez, titulado “Camisas azules, manos negras”. Con pruebas contundentes, irrefutables, da cuenta de incontables latrocinios cometidos a la sombra del poder, por personajes encumbrados del régimen calderonista, quienes han seguido con sobrada eficacia la senda marcada por el antecesor de Calderón, quien llegó a la primera magistratura con el obvio propósito de enriquecerse más aún que sus antecesores en el cargo, burlándose impunemente del marco legal y haciendo gala de un cinismo y una desvergüenza insólitos.
La lectura de dicho libro permite conocer el grado de voracidad de personajes que no se tientan el alma para cometer todo tipo de abusos y tropelías, impensables en gente que se dice de buena cuna y sanos principios. Vistas las cosas con plena objetividad, no se mira ninguna diferencia entre la “bola de maleantes” a los que se refirió Calderón al criticar a las bandas del crimen organizado, y quienes valiéndose de sus influencias prevarican y roban sin ningún recato y sin poner en riesgo sus vidas como lo hace la “ridícula minoría” a la que se refirió Calderón para definir al crimen organizado, “montada sobre el miedo, la corrupción o la cobardía de muchos durante mucho tiempo”. La diferencia es de actitud: los maleantes que se ven obligados a delinquir lo hacen abiertamente, los de cuello blanco, cobijados por el poder, lo hacen enmascarados con su proverbial hipocresía y doble moral.
Mientras tanto, el país se desangra absurdamente, en una ruin competencia que parece no tener fin. Vistas las cosas en su justa dimensión, qué importancia tiene decir que los porcentajes de crímenes son superiores en Brasil que aquí, cuando la realidad nos está demostrando todos los días que es nuestro país el que se está destruyendo internamente, mientras la gran nación sudamericana avanza incontenible hacia el primer mundo. Estos son los hechos, esto es lo que evita que los brasileños hablen mal de su gobierno, en tanto nosotros los mexicanos con dos dedos de frente nos vemos obligados a criticar, porque no queda de otra, a un mandatario que apenas tiene capacidad para actuar como “general manager” de intereses transnacionales y de una oligarquía voraz. Se critica su actuación, no a México. Al país se le quiere, porque no tenemos otro los mexicanos. Por eso quisiéramos verlo libre de tanto maleante.

(gmofavela@hotmail.com)

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