miércoles, noviembre 07, 2007

Salto al futuro

Reforma Constitucional y Partido revolucionario de masas
Luis Bilbao
América SXXI

Delimitación: completada la propuesta de Reforma Constitucional luego de dos meses durante los cuales desde la ciudadanía se recibieron más de seis mil propuestas, transformadas en 34 artículos sumados al texto original de Hugo Chávez, Venezuela vuelve a polarizarse. Conciente de que es un golpe mortal a su hegemonía, la oposición ha vuelto a conspirar y lanzó una ofensiva destinada a desestabilizar al gobierno antes del referéndum del 2 de diciembre próximo. Mientras tanto, la creación del Psuv sumada a la magnitud del salto propuesto por Chávez marca más nítidamente la delimitación entre quienes están resueltos a llevar a las últimas instancias la política revolucionaria, quienes vacilan y aquellos que en la encrucijada han optado por sumarse francamente a la oposición golpista.


Fiel a su estilo, el presidente Hugo Chávez anunció que para el año próximo apronta otra “revolución dentro de la revolución”. De manera que quienes vayan a votar Sí o No en el referéndum por la reforma constitucional el próximo 2 de diciembre, lo harán con plena conciencia del significado de su voto. “Trabajo en la preparación del Plan Revolución dentro de la Revolución 2008, que se desarrollará una vez se apruebe la Reforma Constitucional. No adelantaré nada, quiero que sepan que trabajo en ese plan, que impulsará el Poder Popular”.

No era necesaria la advertencia de Chávez para poner en pie de guerra a la oposición. Ya con los 33 artículos de reforma en su propuesta del 15 de agosto (convertidos en 67 por la Asamblea Nacional tras dos meses de difusión y debate en innumerables sesiones de “parlamentarismo de calle”), la burguesía venezolana y, sobre todo, el Departamento de Estado estadounidense, tenían suficientemente claro el dato decisivo de la coyuntura. Con la organización de un partido político de masas y el respaldo de un nuevo marco institucional, Venezuela se apresta a dar un salto al futuro. Tras cortar las amarras con el imperialismo, la Revolución Bolivariana transpone el límite que separa la acumulación de cambios en la distribución de la riqueza, la mayor participación de las mayorías en la vida política, de la aniquilación del Estado capitalista, la transformación de la estructura de propiedad en la producción y la transferencia del poder a manos de las masas.

En la ciencia lógica se denomina “salto cualitativo” al momento en que la acumulación de cantidades produce una transformación en la calidad de un fenómeno. En política, es el asalto al cielo. Sólo que en la Venezuela de hoy no tiene el halo heroico y la forma dramática de otras revoluciones que han marcado la historia humana: hasta ahora, y pese a que no han faltado episodios sangrientos, la virtud sobresaliente de esta revolución es su carácter pacífico.

Ninguna virtud, como se sabe, está exenta de vicios. Y en este caso, la singularidad de la Revolución Bolivariana, que además de su plena institucionalidad democrática incluye costados de ineficiencia, ambigüedad y bolsones de corrupción, produce un resultado asombroso: buena parte de los protagonistas de este momento histórico no acaba de comprender que está en medio de una revolución y, en consecuencia, de asumir qué es, de verdad, una revolución.


La reacción


Con excepción de limitados círculos, tanto en las filas gubernamentales como en la oposición, no parece primar la conciencia sobre la magnitud de la colisión histórica en curso. Algo así como una venganza de la teoría clásica contra el contorno palpable de la revolución viva.

Como quiera que sea, el núcleo de poder en jaque no se equivoca. Sus escasísimas fuerzas están desplegadas en una ofensiva que, excepto por su ausencia de respaldo social, se parece como dos gotas de agua a la escalada que desembocó en el fugaz golpe de Estado del 11 de abril de 2002. Abrir un diario o sintonizar un canal de televisión por estos días produce el efecto de esos olores capaces de transportar a un individuo a través del tiempo: la beligerancia brutal, el descaro para mentir sin parámetros, la concomitancia de conflictos prefabricados, remite a 2002, cuando con el golpe primero y el sabotaje petrolero después, la burguesía creyó estar en el umbral del derrocamiento de Chávez.

Nada es semejante, sin embargo. El pasado martes 23 de octubre fue elegido como momento decisivo para la escalada golpista: un paro de transporte, una movilización estudiantil y numerosos comandos dispuestos a provocar disturbios violentos en el momento indicado, debían transformar en lucha de calles la declaración de guerra que tres días antes había emitido la conferencia episcopal venezolana (ver Misil púrpura), amplificada hasta el paroxismo por la televisión comercial. En la mañana del 23, desde las páginas del diario El Nacional la proclama golpista tomaba forma de remitido (solicitada, o desplegado, según las costumbres en cada país), a toda página y con letra tamaño catástrofe, firmada por un ex revolucionario devenido ariete del golpismo. “Vamos a tumbar la reforma”, es el título del remitido. Pero una reforma no se “tumba”; se impide ganando el referéndum. El verbo revela sin subterfugios los planes opositores: tumbar a Chávez. Semejante consigna corona una edición que, excepto aquellos espacios destinados a publicidad, no tiene otro objetivo que “tumbar la reforma”. Los demás diarios y la televisión como vanguardia agitativa, también apostaron todo a la movilización del 23.

No podía esperarse un fiasco mayor: no hubo paro de transporte, la marcha estudiantil se reveló tan exigua que ni siquiera fue necesaria la transmisión de imágenes aéreas, oportunamente tomadas por el canal oficial, que la mostraba reducida a menos de dos mil personas; las actitudes violentas de destacamentos incrustados en la marcha acabaron con el tinte pacifista y democrático que se intentó darle a este movimiento estudiantil antes de que se desinflara en junio pasado. Al anochecer del 23, reflejando la frustración de los jóvenes marchistas por la evidencia de desmovilización de aquel movimiento que arrancó con ímpetu en abril, las facciones dirigentes transformaron su balance de la jornada en una batalla campal que ahondó las ya profundas grietas que lo fragmentan.

Todavía más elocuente es lo ocurrido al otro lado de la barricada: trabajadores y pequeños empresarios del transporte vieron, en sus respectivos gremios, el fortalecimiento de una corriente alineada con la revolución, mientras el fracaso de la dirigencia golpista pulveriza las estructuras burocráticas asociadas al pasado. Pero sobre todo resaltó el papel del nuevo movimiento estudiantil, alineado con la reforma constitucional, es decir, con la revolución, que desafió al otro movimiento estudiantil en la disputa por la calle y logró una segunda gran victoria ante las masas, cuando la dirección opositora, al ser recibida por autoridades de la Asamblea Nacional, rehuyó nuevamente una confrontación ideológico-política ante las cámaras de televisión y por segunda vez en poco tiempo apareció desvalida frente al ala revolucionario del movimiento estudiantil.

No sorprende la conducta huidiza de la dirección universitaria golpista: el documento que entregaron a la Asamblea Nacional explica su oposición a la reforma del artículo 109 porque… le da derecho a voto a los trabajadores no docentes para elegir el gobierno en las universidades!


Confusión


Tanta abrumadora victoria fortalece extraordinariamente al gobierno –es más preciso decir Chávez– pero tiene el paradojal efecto de confundir a franjas dirigentes. A unos porque les hace creer que, desde posiciones de semejante prevalencia, es fácil pactar acuerdos favorables con la oposición; a otros porque les desdibuja la fuerza y los verdaderos planes del enemigo.

Difícil percibir en este clima la simultaneidad del pujo golpista en Venezuela con los atentados terroristas en Bolivia, el discurso de George Bush amenazando a Cuba (ver Análisis de la Noticia), la decisión de destinar 500 millones de dólares para emplazar en el Caribe una réplica del Plan Colombia (obviamente apuntado contra La Habana y Caracas) y, entre otras mil acciones menos visibles, la embestida del ministro de Defensa de Colombia –de visita en Washington– contra el papel de Hugo Chávez en el canje humanitario de prisioneros.

La percepción o no de lo que está implícito en esa panoplia, pero tal vez sobre todo la diferente óptica acerca de cómo afronta una revolución tales amenazas, marca diferencias en las propias filas chavistas. Y éstas se suman a las ya reveladas con nitidez en lo que va del año, que arrastraron a la dirigencia del partido Podemos (“No Pudimos”, lo rebautizó el Presidente) a posiciones idénticas a las de la oposición golpista.


Reforma Constitucional


De tal manera, pareciera que para buena parte de los actores dirigentes (no para el pueblo raso, que vibra en otra frecuencia), el referéndum se limitaría a perfeccionar o no una cantidad de artículos. Pero lo que está en juego es votar o no un cuadro institucional para afrontar un salto cualitativo de la Revolución Bolivariana, un escalón notoriamente más alto para la transición, un marco jurídico compatible con el desafío planteado por el imperialismo y sus peones locales en el tablero hemisférico.

Desde esta perspectiva, la creación del Psuv es inseparable de la reforma constitucional, y viceversa. Suena lógico, por tanto, que quienes por incomprensión o consciente oposición se negaron a la tarea de construir un partido revolucionario de masas por el socialismo, vacilen o se opongan ahora a la reforma constitucional.

Se trata de un salto de tal magnitud que necesariamente produce una conmoción en la conciencia de innumerables cuadros. No sólo por el hecho obvio de que tanto la propuesta original de Chávez como los 34 artículos que sumó la Comisión Mixta de legisladores –tras recoger opiniones de las bases y consideraciones de dirigentes– apuntan al corazón del sistema capitalista. Dos factores concurren además para complicar y eventualmente trabar el proceso de afirmación de antiguos y nuevos cuadros revolucionarios. Uno, la drástica radicalidad –acorde exactamente con las exigencias– de algunos ítems de la reforma. El otro, la inexistencia no ya en Venezuela, sino en América Latina y el mundo, de instrumentos de información, estudio y verdadero debate, que permitan desmenuzar y tratar a fondo temas de una extraordinaria complejidad, sobre todo cuando se trata de remontar una derrota de alcances mundiales en el terreno de la teoría y la política.


Nace un partido original


Contra toda expectativa, violando sin pudor las reglas y concepciones de la lógica formal, haciendo camino al andar, el Psuv avanza hacia su consumación como instrumento político de masas para la revolución. En octubre quedó completado el proceso de elección de los delegados al Congreso Fundacional; en noviembre comienzan a sesionar los 1.675 delegados, elegidos en otras tantas Circunscripciones Socialistas (CS), a su vez compuestas por entre 8 y 12 Batallones Socialistas, los cuales a su turno eligieron siete miembros (vocero, suplente y cinco comisionados) para la CS. Las sesiones se prolongarán durante seis meses. Pausa mediante para acometer las tareas planteadas por el referéndum del 2 de diciembre, el Congreso deberá concluir sus deliberaciones el 4 de febrero de 2008, 16 años después de la sublevación comandada por Chávez en 1992. Aunque la realización es dificultosa, el objetivo es que estas tres instancias actúen simultáneamente, en proceso también inédito de intercambio entre bases y delegados para debatir y resolver los documentos esenciales puestos a consideración del Congreso: Declaración de Principios, Programa y Estatutos. Mediante una adecuada combinación de plenario de congresales, reuniones de estos por regiones, e informe y debate del delegado en su circunscripción correspondiente, más el funcionamiento simultáneo de los Batallones Socialistas, se intentará alcanzar en el máximo nivel posible la participación democrática del conjunto. Las más modernas tecnologías de la comunicación coadyuvarán al objetivo de poner la información a disposición de todos y encaminar los debates en ambos sentidos: desde las bases a los delegados y viceversa, quienes podrán apelar a una página en internet, el correo electrónico y la telefonía celular.

Ningún recurso técnico podrá evitar que se haga sentir la ausencia del movimiento obrero como fuerza organizada, gravitando y poniendo su impronta de clase en el funcionamiento de ese conjunto masivo. Del mismo modo, nada puede sortear la ausencia de tradición en organización revolucionaria de masas, a lo que debe sumarse una tradición contraria: la de Acción Democrática, que durante décadas sembró conciencia a través de una metodología al servicio del capital, arraigada estructura política.

El hecho crucial de que el impulso para la construcción del Psuv haya provenido de Chávez, para luego articularse mediante funcionarios de diferentes ámbitos del gobierno, también pesará de manera ambivalente en este parto histórico. Hasta ahora, sin embargo, ha prevalecido la dialéctica establecida entre Chávez y los millares de promotores primero, los millones de aspirantes luego y el conjunto de bases y cuadros medios finalmente. Todo eso entrará en ebullición con la realización del Congreso. Y sean cuales sean las falencias del resultado que corporice en febrero, los trabajadores, el conjunto del pueblo –y muy especialmente las juventudes es decir el país todo, habrán dado un inmenso salto adelante. La reivindicación en palabra y acto de la noción de Partido, a comienzos del siglo XXI y después del traumático derrumbe de aparatos políticos que alguna vez fueron partidos para luego metamorfosearse para su adaptación al sistema capitalista mundial, es probablemente la contribución más trascendente que ha producido hasta el momento la Revolución Bolivariana.

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